Históricamente, el Sábado Santo, conocido en la Iglesia primitiva como Sábado Grande o la Vigilia de Pascua, era un día de ayuno estricto. Desde los tiempos de San Ireneo, se observaba un ayuno absoluto de cuarenta horas antes de la Pascua1. Esta práctica de ayuno severo destacaba la solemnidad del día, que era el único sábado en el que se permitía el ayuno en la Iglesia primitiva1.
La liturgia del Sábado Santo ha experimentado cambios significativos a lo largo de los siglos. Originalmente, las ceremonias de la Vigilia Pascual se extendían durante toda la noche del sábado, de modo que el Aleluya coincidía con el día y el momento de la Resurrección1. Sin embargo, en el siglo VIII, estas ceremonias se adelantaron a la tarde del sábado y, posteriormente, a la mañana del sábado, un anacronismo que alteró gran parte de su simbolismo original1,2. Este adelanto hizo que las ceremonias de bendición del fuego nuevo, la iluminación de lámparas y velas, y la vela pascual, perdieran parte de su significado al realizarse a plena luz del día en lugar del crepúsculo1.
A pesar de estos cambios, la esencia del Sábado Santo como un día de espera y preparación se ha mantenido. La Iglesia permanece desnuda y desolada, con solo el crucifijo descubierto, simbolizando el despojo y la ausencia del Esposo2.

