El sacerdocio católico tiene sus raíces en el sacerdocio de Cristo, quien es el único Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza1,2. A través del sacramento del Orden Sagrado, los hombres son configurados de una manera especial a Cristo Sacerdote, recibiendo un carácter indeleble que les permite actuar en su nombre1,3. Este sacerdocio ministerial se distingue esencialmente, no solo en grado, del sacerdocio común de los fieles, el cual se recibe en el Bautismo4.
La Iglesia siempre ha reconocido un sacerdocio oficial con el sacrificio objetivo de la Misa. La conexión entre el sacrificio de la Misa y el sacerdocio es tan íntima que el Concilio de Trento afirmó que «el sacrificio y el sacerdocio son por ordenación divina tan inseparables que se encuentran juntos bajo todas las leyes»5. La creencia en el sacerdocio universal de los fieles no excluye, sino que presupone, la existencia de un sacerdocio especial, ya que ambos se relacionan como lo general y lo particular5.
El Sacerdocio en el Antiguo Testamento
Ya en el Antiguo Testamento se encuentran prefiguraciones del sacerdocio cristiano. El profeta Isaías vislumbra la entrada de los paganos en el Reino Mesiánico y menciona la elección de sacerdotes de entre las naciones como una característica especial de la nueva Iglesia (Isaías 66:21)5. El sacrificio de pan y vino ofrecido por Melquisedec, prototipo de Cristo, también se refiere proféticamente no solo a la Última Cena, sino a su repetición eterna en conmemoración del Sacrificio de la Cruz5.
Desarrollo Histórico del Sacerdocio
En los primeros siglos de la Iglesia, los términos «obispo» (episkopos) y «presbítero» (presbyteros) a menudo se usaban indistintamente en algunos escritos del Nuevo Testamento6. Sin embargo, ya a principios del siglo II, Ignacio de Antioquía destacaba claramente la distinción jerárquica entre el obispo monárquico, los sacerdotes y los diáconos, considerándola esencial para la constitución de la Iglesia5,7. Esta distinción de órdenes debió haber existido en sustancia y en embrión durante el primer siglo, como lo sugiere San Pablo al mencionar «presbíteros» subordinados al obispo Timoteo (1 Timoteo 5:17, 19)5,7.
Los sacerdotes son ordenados como colaboradores del obispo, insertándose en un Orden Sacramental que les confiere una nueva participación ontológica en los munera (funciones) de Cristo, permitiéndoles ejercer estos deberes en su nombre y en nombre de la Iglesia, una vez recibido un mandato concreto de un obispo8.
