La comprensión de la Iglesia sobre el matrimonio como sacramento tiene profundas raíces en la revelación divina y el desarrollo teológico a lo largo de los siglos.
Institución Divina y Elevación por Cristo
Desde el principio de la creación, Dios mismo instituyó el matrimonio, dotándolo de sus propias leyes y propósitos. Adán, bajo la influencia del Espíritu divino, proclamó la unión conyugal como perpetua e indisoluble, afirmando que un hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne1. Jesús mismo reafirmó esta verdad original, enseñando que lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo1.
Cristo, como institutor y perfeccionador de los sacramentos, elevó el matrimonio de sus fieles a la dignidad de un verdadero sacramento de la Nueva Ley2. Al hacerlo, no solo restauró la unión conyugal a su pureza original, sino que también la enriqueció con una gracia especial1. Esta elevación significa que entre personas bautizadas, no puede haber un verdadero matrimonio sin que sea, por ese mismo hecho, un sacramento3,4.
El Matrimonio como Signo del Amor de Cristo y la Iglesia
El matrimonio cristiano es un signo eficaz de gracia que manifiesta y participa en el misterio de la unidad y el amor fecundo que existe entre Cristo y su Iglesia5,6. Esta imagen de las nupcias místicas de Cristo con la Iglesia se muestra precisamente en el vínculo de esa unión íntima en la que el hombre y la mujer están unidos como uno7. La Iglesia es la esposa inmaculada del Cordero inmaculado, y Cristo la amó y se entregó por ella para santificarla, uniéndola a sí mismo en una alianza eterna8. De manera similar, los esposos cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, reflejan esta unión indisoluble y el amor sacrificial de Cristo9,10.

