La lógica sacramental une dos dimensiones que no deben separarse: un signo perceptible y una realidad sobrenatural que el signo manifiesta y comunica. El signo no es una representación vacía ni una mera ilustración de una idea religiosa; en la sacramentalidad, mantiene una relación efectiva con aquello que significa. La Comisión Teológica Internacional expresa esta relación como una correlación entre una dimensión externa y visible y otra invisible, sobrenatural y santificadora.1
«La sacramentalidad se refiere a esta relación inseparable, de tal manera que el símbolo sacramental contiene y comunica la realidad simbolizada».1
La expresión «signo e instrumento» resume dos aspectos complementarios. Como signo, una realidad sacramental hace reconocible una acción o un don divino; como instrumento, participa en la comunicación de ese don. La causa última de la gracia es Dios, pero la tradición teológica explica que Dios actúa mediante mediaciones: eminentemente mediante la humanidad de Cristo y, mediante Cristo, a través de la Iglesia y de los sacramentos.4,5
La sacramentalidad presupone así una visión cristiana de la creación y de la salvación: Dios puede servirse de realidades humanas y sensibles para darse a conocer y comunicar su vida. En la historia cristiana, esta lógica no convierte lo material en divino por sí mismo; muestra cómo Dios obra en la historia mediante signos concretos vinculados a su acción salvadora. La realidad significada y el signo permanecen distintos, pero no quedan separados.1,6



