El Sacramento de la Unción de los Enfermos tiene sus raíces en el ministerio de Jesús y en la práctica de la Iglesia Apostólica, tal como se documenta en las Sagradas Escrituras1,2.
El Ministerio Sanador de Jesús
Jesús, durante su vida terrenal, demostró una profunda compasión por los enfermos y realizó numerosas curaciones de diversas dolencias, lo cual era un signo claro de que «Dios ha visitado a su pueblo»3. Estas curaciones no solo manifestaban su poder divino, sino que también revelaban cómo, por medio del Espíritu Santo, arrebataba el poder de Satanás sobre la humanidad y restauraba el Reino de Dios4. La sanación de los enfermos por parte de Jesús siempre estuvo ligada a la fe3. Por ejemplo, al curar al paralítico, Jesús explicó que el milagro tenía el propósito de que se supiera que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar los pecados5.
La Práctica Apostólica
La Iglesia Católica enseña que este sacramento fue instituido por Cristo y es aludido en el Evangelio de Marcos (Mc 6,13)6. Sin embargo, su promulgación a los fieles se encuentra de manera explícita en la Epístola de Santiago, que constituye el fundamento bíblico principal del sacramento3,6,7,2:
«¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (Santiago 5, 14-15)7,8,9.
Este pasaje subraya la importancia de la fe en la oración y la unción, así como la conexión entre la sanación física y el perdón de los pecados10. La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha identificado en este texto los elementos esenciales del sacramento: el sujeto (el fiel gravemente enfermo), el ministro (solo el sacerdote), la materia (la unción con aceite bendecido), la forma (la oración del ministro) y los efectos (la gracia salvífica, el perdón de los pecados y el alivio del enfermo)2.
