El matrimonio, como institución, tiene sus raíces en la creación misma. Desde el «principio», Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen, destinándolos a unirse y a ser «una sola carne» (Gn 2, 24)1,2. Esta unión original reflejaba la voluntad salvífica de Dios y estaba destinada a ser vivida en verdad y caridad1.
Jesucristo, al responder a la pregunta de los fariseos sobre el matrimonio, se refirió a esta institución primordial del Creador, reafirmando su existencia y su carácter original3. Al hacerlo, Cristo no solo confirmó el matrimonio como una realidad fundamental, sino que también lo elevó a un nuevo nivel dentro del misterio de la Redención1.
San Pablo, en su Carta a los Efesios, profundiza en la sacramentalidad del matrimonio, presentándolo como un «gran misterio» que hace referencia a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32)4,2,3. En esta perspectiva, la unión conyugal se convierte en un signo eficaz de la acción salvífica de Dios y una participación en el amor de Cristo por su Iglesia1,5.

