La Iglesia católica reconoce el matrimonio como una realidad fundada en la creación y, entre bautizados, como uno de los siete sacramentos. La alianza matrimonial comprende la vida entera de los cónyuges y no constituye solo un acuerdo privado: incorpora una comunidad de vida y amor con bienes y fines propios.1,3
La vocación al matrimonio arraiga en la naturaleza humana. La tradición cristiana interpreta la diferencia y la complementariedad entre hombre y mujer, así como su llamada a la comunión, a la luz del designio creador de Dios. La unión matrimonial, por tanto, no es una invención puramente humana, aunque sus formas sociales y jurídicas hayan variado en la historia.1
El matrimonio cristiano conserva esa realidad humana y la eleva en Cristo. La sacramentalidad no añade desde fuera una cualidad independiente a la unión: introduce la alianza conyugal de los bautizados en la vida de la gracia y en la misión salvadora de la Iglesia. Así, los esposos participan, como pareja, en el amor de Cristo y pueden vivir su entrega mutua a la luz de la alianza entre Cristo y la Iglesia.4,5


