Orígenes en el Antiguo Testamento
Los primeros indicios de lo que hoy conocemos como Sacramentos se encuentran en el Antiguo Testamento: el bautismo en agua, la circuncisión, la consagración de los sacerdotes y la ofrenda de sacrificios1. Estas prácticas señalaban la presencia de Dios y la necesidad de una relación personal con Él1.
La enseñanza de Jesús y los Apóstoles
Jesús instituyó el Bautismo y la Eucaristía como los dos Sacramentos centrales1. En el Evangelio de Mateo (28,19‑20) Jesús ordena a sus discípulos bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo1. La Última Cena (Mateo 26,26‑28) estableció la Eucaristía como el nuevo pacto1.
Los Apóstoles, a través de la Iglesia primitiva, desarrollaron la práctica de los Sacramentos de la Confirmación, la Penitencia y la Unción de los Enfermos, que se consolidaron en la liturgia y la disciplina eclesial1.
La definición en la Iglesia Medieval
Durante la Edad Media, la Iglesia consolidó la doctrina sacramental en el Catecismo de los Padres de la Iglesia y en los concilios ecuménicos1. Se distinguieron los siete Sacramentos: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los Enfermos, Orden y Matrimonio1. Este número se mantiene hasta la actualidad1.
La Iglesia Moderna y el Vaticano II
El Concilio Vaticano II (1962‑1965) renovó la comprensión sacramental, enfatizando la participación activa del fiel y la sacramentalidad de la vida cotidiana1. El documento Sacrosanctum Concilium y la Lumen Gentium subrayan la importancia de los Sacramentos como «vías de la gracia» que transforman al creyente1.

