El lenguaje de «cordero» no es un mero símbolo poético: en la Escritura funciona como un signo que apunta a una victimación real, pero orientada hacia la purificación, la expiación y la liberación. Por eso, al hablar del Cordero sin mancha, se subraya que el sacrificio de Cristo no es improvisado ni figurado: es el sacrificio de una víctima verdaderamente apta, sin defecto moral, y por ello capaz de limpiar el interior del hombre.1,2,3
El «Cordero de Dios» en el Evangelio
En el cuarto Evangelio, Juan el Bautista señala a Jesús como el Cordero: «Ecce Agnus Dei qui tollit peccatum mundi» (Aquí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo). Esa proclamación sitúa el sacrificio del Cordero en el centro de la misión de Cristo: no solo revela a un Mesías, sino que anuncia que su venida tiene un efecto decisivo sobre el pecado.4
La tradición patrística y teológica profundiza este sentido mostrando que el nombre «Cordero» se entiende a partir de los tipos del culto antiguo y de la condición de víctima principal. Tomás de Aquino explica que, en la antigua Ley, el cordero era la ofrenda principal, y que ello prefiguraba a Cristo como la ofrenda principal (la «Víctima» verdadera), capaz de limpiar y santificar por la reconciliación obrada en Cristo.7
«Cordero sin defecto ni mancha» en la proclamación eclesial
La expresión «sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha» aparece en la predicación apostólica para subrayar que el valor de la sangre de Cristo no depende de un ritual, sino de la inocencia real del que se ofrece. De ahí que el precio del rescate y la salvación sea precisamente «la sangre» del Cordero.8
Además, la Iglesia canta y confiesa esta realidad al pedir la purificación interior: «Redempti estis pretioso sanguine quasi Agni immaculati Christi» (Habéis sido rescatados con la sangre preciosa, como de un Cordero inmaculado, Cristo).3
El Cordero en la visión del Apocalipsis: rescate y destino universal
La tradición litúrgica ha vinculado el Cordero con la gran visión del Apocalipsis, en la que Cristo aparece como el Cordero inmolado. En la tradición recopilada por la Enciclopedia Católica se recuerda que el Apocalipsis desarrolla numerosas referencias al «Cordero» (incluido el «Cordero inmolado»), y que desde allí se comprende el alcance universal de la salvación: se habla de los que participan en la fiesta vinculada al Cordero y del simbolismo de su sangre.1
De este modo, el sacrificio del Cordero no queda encerrado en una experiencia individual o parcial, sino que se proyecta hacia la reunión de los pueblos para la celebración. En la exhortación pastoral, el Papa Francisco recuerda que todos están invitados al banquete de bodas del Cordero y que la Iglesia prepara una vestidura: la fe recibida por el oído de la Palabra.9
