El término «sacristán» proviene del latín sacrista, y designa a la persona encargada de la sacristía, un espacio dentro o anexo a la iglesia donde se guardan los ornamentos, vasos sagrados, libros litúrgicos y otros tesoros de la iglesia1,2. En la antigüedad, muchas de las funciones del sacristán eran realizadas por los ostiarii (porteros) y, más tarde, por los mansionarii y los tesoreros1. Las Decretales de Gregorio IX ya mencionaban al sacristán como un oficio honorable con la responsabilidad de cuidar los vasos sagrados, vestimentas y luces1.
Históricamente, el Cæremoniale episcoporum prescribía que en las iglesias catedrales y colegiatas el sacristán debía ser un sacerdote1. Sin embargo, el Concilio de Trento expresó el deseo de que clérigos ocuparan estos cargos, pero reconoció que, debido a la dificultad o imposibilidad de encontrar clérigos, muchos de estos deberes eran realizados por laicos1. Esta práctica se ha mantenido y extendido, siendo hoy común que laicos asuman estas funciones1,3.

