La Sagrada Liturgia no es simplemente un conjunto de ritos o una expresión estética, ni un instrumento con fines meramente pedagógicos o ecuménicos1. Es, ante todo, una acción de alabanza a la soberana majestad de Dios, Uno y Trino, y una expresión querida por Dios mismo1. A través de la liturgia, el hombre, de manera personal y comunitaria, se presenta ante Dios para darle gracias, consciente de que su ser no puede encontrar su plenitud sin alabarlo y cumplir su voluntad1.
La liturgia es la ejercitación del oficio sacerdotal de Jesucristo2. En ella, Cristo asocia a la Iglesia consigo mismo3. Es la realización del «munus sanctificandi» (función de santificar) de la Iglesia2. Por lo tanto, hablar de Liturgia significa referirse en primer lugar a los Sacramentos, que son los componentes fundamentales de la acción litúrgica2. Los Sacramentos son celebraciones de la Iglesia, actos de culto, instrumentos de la gracia que brota del misterio pascual de Cristo, y signos de expresión de la auténtica fe eclesial2.
Existe una íntima conexión entre el dogma y la sagrada liturgia, así como entre el culto cristiano y la santificación del pueblo4. El Papa Celestino I consideraba que la ley de la fe se expresaba en las venerables fórmulas de la liturgia, afirmando que «la ley de la oración establece la ley de la creencia»4. Una liturgia que no tenga un reflejo en la vida se volvería vacía y ciertamente no sería grata a Dios1.

