El Templo formaba parte de un conjunto de patios y dependencias. Conviene distinguir entre los espacios destinados a la reunión del pueblo y los ámbitos reservados al culto sacerdotal.
El atrio
El atrio era el espacio exterior o abierto que rodeaba el edificio principal. Dentro del recinto existía un gran atrio y, más cerca del santuario, un atrio interior llamado también atrio de los sacerdotes. La tradición bíblica distingue ambos espacios y atribuye al atrio sacerdotal una función especialmente vinculada a los sacrificios.
El atrio permitía la presencia ordenada del pueblo en el culto. Allí acudían los israelitas para la oración, la ofrenda de sacrificios y la participación en las celebraciones. Los sacerdotes desempeñaban en ese ámbito las acciones cultuales que no correspondían al interior del edificio.
El atrio no era todavía el santuario interior. Marcaba una primera separación entre el espacio común y el espacio consagrado. Su amplitud recordaba que el culto pertenecía a todo Israel, aunque la entrada en las zonas más sagradas dependía de la condición ritual y de la función litúrgica de cada persona.
El altar de los holocaustos
El altar de los holocaustos pertenecía al culto, no a la arquitectura ornamental del edificio. Construido en bronce, tenía veinte codos de largo, veinte de ancho y diez de alto. Sobre él se ofrecían los sacrificios, especialmente los holocaustos, en los que la víctima era consumida por el fuego como ofrenda a Dios.
El altar ocupaba una posición central dentro del atrio sacerdotal. Su función era sacrificial: allí se presentaban animales y otras ofrendas conforme a la legislación cultual de Israel. Por tanto, no debe confundirse con el Mar de Bronce, que servía para las abluciones, ni con las columnas Jaquín y Boaz, que formaban parte de la fachada y de la ornamentación arquitectónica.
La tradición posterior vinculó la roca situada en la cima del monte del Templo con el altar de los holocaustos. La roca presentaba características compatibles con el altar antiguo y, según la tradición rabínica, bajo el altar existía un conducto para evacuar la sangre y el agua de las abluciones.
El Lugar Santo
El Lugar Santo constituía la primera estancia del edificio principal. Los sacerdotes entraban allí para cumplir determinados servicios litúrgicos, mientras que el pueblo permanecía en los patios exteriores.
En este recinto se encontraban el altar de oro para el incienso, las mesas de los panes de la presencia y los candeleros de oro. El altar del incienso no servía para quemar las víctimas de los holocaustos; su función consistía en ofrecer incienso ante la presencia de Dios. Las mesas sostenían los panes sagrados, y los candeleros proporcionaban la luz ritual del santuario.
El Lugar Santo expresaba una cercanía mayor a Dios que el atrio, pero todavía permanecía diferenciado del Santo de los Santos. El acceso dependía del ministerio sacerdotal y de la pureza ritual requerida por la liturgia.
El Santo de los Santos
El Santo de los Santos, llamado también Lugar Santísimo, constituía la estancia más interior y sagrada. Tenía forma cúbica: veinte codos de largo, veinte de ancho y veinte de alto. Sus paredes estaban recubiertas de oro, y dos querubines dorados extendían sus alas en el interior. Una cortina decorada con querubines separaba este recinto del resto del santuario.
El Santo de los Santos simbolizaba el ámbito supremo de la presencia divina. En la tradición del primer Templo, el Arca de la Alianza ocupaba el lugar central de este recinto. El Arca no era un ídolo ni una representación de Dios, sino el signo visible de la alianza y del trono invisible del Señor.
El acceso estaba estrictamente limitado. El sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos en una ocasión litúrgica anual y con la sangre de las víctimas. Los sacerdotes purificados podían entrar en el santuario, mientras que el pueblo permanecía en los atrios según el orden establecido por la legislación ritual.
La descripción católica del simbolismo del Arca contempla en ella una figura de Cristo: la madera preciosa evoca su humanidad y el oro, su sabiduría y caridad; las tablas de la Ley recuerdan que Cristo es autor y plenitud de la Ley, y la vara de Aarón alude a su sacerdocio. La tradición también ha aplicado el símbolo del Arca a la Virgen María, llamada por la Iglesia Arca de la Alianza.