Salud física
La salud física comprende el funcionamiento adecuado del organismo, la prevención de enfermedades, la alimentación, el descanso, la higiene, la actividad corporal y el acceso a tratamientos médicos proporcionados.
El cuidado corporal forma parte de la responsabilidad moral ordinaria. La persona no recibe su cuerpo como una posesión absoluta, sino como un don que debe custodiar. El abuso de sustancias, la conducta temeraria, la negligencia grave y los hábitos destructivos pueden constituir faltas contra la responsabilidad personal y social cuando dañan injustamente la propia vida o la de otras personas.
El cuidado físico requiere prudencia. La prudencia evita tanto el descuido como la obsesión por la salud. Una preocupación excesiva por la apariencia, el rendimiento, la juventud o la longevidad puede convertir un bien legítimo en un ídolo.
Salud psicológica
La salud psicológica afecta a la libertad, a las relaciones, al trabajo, a la vida familiar y a la capacidad de afrontar las dificultades. La fe católica no identifica automáticamente la enfermedad mental con el pecado ni interpreta toda angustia como falta de confianza en Dios.
La depresión, los trastornos de ansiedad, las adicciones, los traumas y otras alteraciones psicológicas pueden requerir atención clínica especializada. La responsabilidad moral depende, entre otros factores, del conocimiento, la libertad y el control efectivo que conserve la persona. La compasión cristiana rechaza tanto la culpabilización injusta como la negación de la responsabilidad personal.
La atención integral puede incluir psicoterapia, tratamiento médico, acompañamiento familiar, apoyo comunitario y asistencia espiritual. Ninguna de estas dimensiones sustituye necesariamente a las demás.
Salud espiritual
La salud espiritual designa la rectitud y vitalidad de la relación de la persona con Dios, consigo misma y con el prójimo. No coincide siempre con la ausencia de sufrimiento emocional. Una persona puede experimentar tristeza, miedo o cansancio y, al mismo tiempo, vivir una profunda confianza teologal.
La sanación espiritual puede incluir la reconciliación con Dios, el perdón, la recuperación de la esperanza, la aceptación de la propia fragilidad y la integración del sufrimiento en una vida de amor. Esta sanación no elimina necesariamente la enfermedad corporal, pero transforma su significado y permite vivirla sin quedar reducido a ella.