En la tradición católica, la salud no se reduce a la ausencia de enfermedad. Es un bien real y valioso, pero está inserto en el conjunto de la vida humana, que tiene una finalidad que trasciende lo meramente biológico. Por eso, la Doctrina Social de la Iglesia afirma que la vida y la salud física son dones preciosos confiados por Dios, y que deben tomarse medidas razonables para cuidarlos, considerando también el bien de los demás y el bien común.1
A la vez, el cuidado cristiano de la persona enferma reconoce que la enfermedad no afecta sólo al cuerpo: puede oscurecer la esperanza, aumentar la ansiedad ante la muerte inminente y dificultar la armonía interior. La atención católica, por tanto, se concibe como comunidad de curación y compasión, llamada a sostener al paciente en su dignidad y destino.2
