Una ruptura histórica y religiosa
La relación entre judíos y samaritanos estuvo marcada por la desconfianza, la rivalidad y la separación cultual. La reconstrucción del templo de Jerusalén después del exilio intensificó las tensiones. Los samaritanos ofrecieron colaboración, pero la comunidad judía rechazó su participación; el conflicto posterior profundizó la distancia entre ambos grupos.
Los samaritanos afirmaban su pertenencia a la tradición de los patriarcas y veneraban a Abrahán, Isaac y Jacob. Sin embargo, aceptaban como Escritura principalmente el Pentateuco y no otorgaban la misma autoridad a los escritos proféticos. Esta diferencia religiosa acompañaba una separación histórica y social ya consolidada.
En el siglo I, muchos judíos consideraban a los samaritanos heréticos, cismáticos o extranjeros. La hostilidad llegó a expresarse mediante insultos: llamar «samaritano» a alguien podía equivaler a acusarlo de infidelidad religiosa y desprecio social.
Jesús y la samaritana
El Evangelio según san Juan sitúa en Samaria uno de los encuentros más importantes de la vida pública de Jesús: el diálogo con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar.
La mujer recuerda la oposición entre ambos pueblos cuando pregunta cómo un judío puede pedir agua a una samaritana. La escena muestra una separación real, no una simple diferencia de costumbres. Santo Tomás de Aquino explica que la frase «los judíos no se tratan con los samaritanos» expresa la distancia existente entre las dos comunidades.
Jesús atraviesa esa frontera sin negar la historia ni aprobar la idolatría. Entabla diálogo con la mujer, revela su situación personal y la conduce progresivamente hacia la fe. El agua del pozo sirve como punto de partida para anunciar el agua viva, símbolo de la gracia y de la vida que procede de Cristo. La sed física conduce así a una enseñanza sobre la sed espiritual del ser humano.
Cuando la mujer pregunta si el culto verdadero debe realizarse en Jerusalén o en el monte Garizín, Jesús desplaza la discusión hacia su cumplimiento definitivo: «los que adoran deben adorar en espíritu y verdad» (Jn 4,24). La respuesta no presenta una simple elección entre dos santuarios rivales; anuncia una relación nueva con Dios, fundada en la revelación del Hijo y en la acción del Espíritu.
La parábola del buen samaritano
Jesús también colocó a un samaritano como protagonista de la parábola del hombre herido en el camino de Jerusalén a Jericó. En aquella sociedad, la elección del personaje resultaba provocadora: el extranjero despreciado aparece como modelo de compasión, mientras que otros personajes vinculados al ámbito religioso no actúan con misericordia.
La parábola no convierte la identidad samaritana en una categoría ideal ni ignora sus errores religiosos. Jesús utiliza la figura del samaritano para revelar que el amor al prójimo supera las fronteras étnicas, cultuales y sociales. La verdadera proximidad nace de la misericordia practicada.
La tradición patrística reconoció en esta parábola una inversión radical de las expectativas sociales de la época. San Juan Crisóstomo recuerda que los judíos consideraban al samaritano despreciable, pero Jesús lo presentó como ejemplo de compasión.
El leproso samaritano
En el relato de los diez leprosos, solo uno regresa para dar gracias a Jesús, y ese hombre es samaritano. El Evangelio une así la fe agradecida con alguien situado fuera de la comunidad judía dominante.
La curación manifiesta que la misericordia de Dios alcanza también a quienes viven en los márgenes religiosos y sociales. El samaritano no recibe solo la salud corporal: reconoce la acción de Dios y vuelve para glorificarlo.