Nacimiento y consagración
Samuel nació como respuesta a la oración ferviente de su madre Ana, quien había prometido dedicar su hijo al Señor (cf. 1 Sam 1, 19‑20). Ana cumplió su voto ofreciendo a Samuel al servicio del templo, donde creció bajo la tutela del sacerdote Eli y aprendió a «estar delante del Señor»1.
El llamado de Dios
Cuando Samuel era aún un niño, Dios lo llamó por su nombre mientras dormía en el templo. Tras varias veces preguntar «¿Quién llama?», el sacerdote Eli le explicó que era la voz del Señor, a lo que el joven respondió: «Habla, Señor, porque tu siervo escucha»2. Este episodio constituye el paradigma de la vocación cristiana: la escucha atenta y la disposición a obedecer3,4.

