Una vocación que superaba los límites de una sola diócesis
La segunda permanencia de Adalberto en Praga tampoco consiguió estabilizarse. La oposición política y social volvió a crecer, y el obispo abandonó definitivamente su patria. El papa lo liberó de sus obligaciones episcopales en determinadas circunstancias, aunque la tradición conserva también la imagen de un obispo dispuesto a volver siempre que la Iglesia lo reclamase.
Esta trayectoria exige una valoración equilibrada. Adalberto no huyó de la misión por comodidad ni abandonó la responsabilidad pastoral ante la primera dificultad. Regresó a Praga cuando el papa se lo mandó, intentó de nuevo reformar la diócesis y solo orientó su vida hacia otros pueblos cuando el retorno resultaba prácticamente inviable. La resistencia de sus compatriotas abrió un nuevo campo para su vocación evangelizadora.
El papa Juan Pablo II describió esta transformación como el paso de un ministerio episcopal local a una misión de horizontes europeos. Adalberto fue, simultáneamente, pastor de una Iglesia concreta y misionero dispuesto a anunciar el Evangelio más allá de las fronteras políticas y culturales.
Evangelización de Hungría
Adalberto viajó a la llanura de Panonia, correspondiente en gran medida a la actual Hungría. La región atravesaba entonces un proceso de acercamiento al cristianismo. La tradición relaciona su actividad con la corte del príncipe Géza y con la formación espiritual del futuro san Esteban de Hungría, aunque algunos detalles de su intervención pertenecen a tradiciones hagiográficas difíciles de precisar.
Su presencia contribuyó a vincular la evangelización húngara con las redes eclesiales de Bohemia, Roma y el Imperio. La misión no consistía solo en predicar de forma aislada: también implicaba crear comunidades, preparar ministros y establecer una cultura cristiana capaz de arraigar en las estructuras nacientes de los pueblos centroeuropeos.
Misión en Polonia
El duque polaco Boleslao I el Bravo acogió a Adalberto en su corte de Gniezno. El obispo no permaneció allí como cortesano, sino como misionero. Desde Polonia emprendió nuevas expediciones hacia territorios bálticos, acompañado por otros clérigos, entre ellos Benedicto y Gaudencio.
La Iglesia polaca veneró a Adalberto como un hijo espiritual de la vecina Bohemia. Su presencia conectaba dos pueblos relacionados por vínculos dinásticos, geográficos y culturales. Para la tradición polaca, el santo aportó a la consolidación cristiana del país no solo su predicación, sino también el testimonio supremo del martirio.