Primeras presencias cristianas
La relación entre el cristianismo y China comenzó mucho antes de la época moderna. La predicación cristiana llegó al país durante la Antigüedad tardía, y durante la dinastía Tang existieron comunidades cristianas organizadas. En el siglo XIII, Juan de Montecorvino impulsó una misión católica con sede episcopal en Pekín.
Estas primeras etapas no produjeron una continuidad institucional ininterrumpida, pero dejaron una huella significativa. La historia de los mártires del grupo canonizado debe situarse dentro de esta larga sucesión de encuentros entre la fe cristiana y la civilización china.
Las misiones de los siglos XVI y XVII
Desde las últimas décadas del siglo XVI llegaron nuevos misioneros católicos. Entre ellos destacó Matteo Ricci, jesuita italiano que estudió la lengua, la filosofía y las costumbres chinas. Los misioneros cultivaron también conocimientos de astronomía y matemáticas, lo que facilitó el diálogo con intelectuales y miembros de la corte imperial.
La evangelización atrajo a personas que conservaron su identidad china y su vinculación con las tradiciones de su pueblo. En determinados ambientes, el cristianismo apareció como una realidad capaz de iluminar y enriquecer los valores culturales existentes, sin exigir el abandono de todo lo propio de China.
En 1692, el emperador Kangxi promulgó un decreto de libertad religiosa que permitió a sus súbditos practicar el cristianismo y a los misioneros predicar en sus territorios. La tolerancia, sin embargo, atravesó periodos de avance y retroceso, y las tensiones políticas y religiosas terminaron afectando gravemente a las comunidades católicas.
Las persecuciones del siglo XIX
Durante el siglo XIX, diversos gobiernos y autoridades locales restringieron o persiguieron la actividad cristiana. Algunos mártires del grupo murieron en este contexto, entre ellos Agustín Zhao Rong y varios sacerdotes, catequistas y fieles laicos.
Las persecuciones no presentaron siempre las mismas causas. En unos casos influyeron prohibiciones religiosas; en otros, conflictos sociales, sospechas hacia los misioneros extranjeros o la asociación entre el cristianismo y las potencias occidentales. Una valoración histórica rigurosa debe distinguir cada episodio y evitar atribuir a todos los mártires idénticas circunstancias.
La rebelión de los bóxers de 1900
La rebelión de los bóxers provocó una oleada de violencia contra cristianos chinos y misioneros. Muchas comunidades buscaron refugio en las iglesias, donde recibieron los sacramentos y se prepararon espiritualmente para afrontar la muerte.
Un decreto de la Santa Sede de 1955 describió el martirio de numerosos cristianos chinos durante aquella persecución. En Tchou-kia-ho, una gran cantidad de fieles acudió a la iglesia para participar en los sacramentos y escuchar las exhortaciones de los misioneros. La mayoría rechazó la apostasía, aunque esa decisión habría podido salvarles la vida. Algunos murieron por disparos y otros perecieron cuando incendiaron el templo.
La violencia de 1900 afectó a personas de procedencias sociales muy diversas. La persecución alcanzó a sacerdotes indígenas, misioneros extranjeros, religiosos, religiosas, seminaristas, hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños. La variedad de los testigos refleja la extensión de la Iglesia católica en China a comienzos del siglo XX.
Los últimos martirios del grupo
Algunos miembros del grupo murieron durante las primeras décadas del siglo XX. Entre ellos figuran mártires vinculados a la misión salesiana, como san Luis Versiglia y san Calixto Caravario, asesinados en 1930 mientras ejercían su ministerio.
Su muerte estuvo relacionada con la defensa de unas jóvenes confiadas a su cuidado y con la fidelidad a su misión sacerdotal. La tradición de la Iglesia los presenta como víctimas de la violencia, no como combatientes armados. El martirio cristiano consiste en dar testimonio de Cristo sin imponer la fe mediante la fuerza.