La presencia cristiana en China ha estado marcada por períodos de tolerancia y feroces persecuciones a lo largo de los siglos. Los mártires de San Agustín Zhao Rong y compañeros sufrieron en una era compleja de la historia china, desde la dinastía Qing hasta la rebelión de los Bóxers en 1900. Estas persecuciones no solo afectaron a los fieles locales, sino también a misioneros europeos que se inmersaron en la cultura china para anunciar el Evangelio.3
Juan Pablo II, en su homilía de canonización, evitó juzgar aquellos períodos históricos, afirmando que la proclamación de santidad busca reconocer su valor como ejemplo de coraje para todos los cristianos y un honor para el noble pueblo chino. De los 120 santos, 85 eran chinos —hombres y mujeres de toda edad y estado: sacerdotes, religiosos y laicos— y 33 misioneros extranjeros, cuya sepulturas en China simbolizan su amor definitivo por aquella tierra.3
Entre los eventos clave destaca la rebelión de los Bóxers (1900), que se extendió por Shandong, Shanxi, Hunan y Tcheli, causando miles de víctimas cristianas. En el Vicariato Apostólico de Xianxian, los jesuitas contaron innumerables mártires.4
