La vocación del hermano coadjutor
En la estructura histórica de la Compañía de Jesús, los hermanos coadjutores desempeñaban servicios necesarios para la vida de las comunidades y para la misión apostólica. La tradición ignaciana entendía la Compañía como un cuerpo con diversos ministerios: cada miembro servía al mismo Señor desde su propia capacidad, función y vocación.
Esta diversidad no establecía una oposición entre trabajos dignos y trabajos inferiores. El servicio humilde exigía verdadera madurez espiritual, porque quien ayudaba a otros debía actuar con obediencia, discreción y disponibilidad. La espiritualidad ignaciana pedía a cada religioso permanecer fiel a su vocación concreta, sin buscar cambiarla por otra considerada más brillante o prestigiosa.
San Alfonso encarnó esta perspectiva de forma especialmente clara. No convirtió su falta de estudios sacerdotales en motivo de amargura, ni consideró la portería una ocupación provisional. Recibió su cometido como el camino concreto por el que Dios lo llamaba a servir a la Iglesia.
«Encontrar a Dios» en el servicio
La espiritualidad de san Ignacio de Loyola unía la oración interior y la actividad apostólica. La eficacia exterior de la misión dependía de las disposiciones interiores que permitían al religioso dejarse guiar por Dios.
En la vida de Alfonso, esta unión tomó una forma sencilla y cotidiana. La oración no lo apartaba de las personas que llamaban a la puerta; la atención a los visitantes tampoco extinguía su recogimiento. Cada encuentro podía convertirse en una ocasión de caridad, consejo y testimonio cristiano.
Los hermanos coadjutores vivían así una espiritualidad marcada por varios rasgos:
- Obediencia concreta, mediante la aceptación de los encargos recibidos.
- Disponibilidad, para ayudar allí donde la comunidad necesitaba sus servicios.
- Trabajo humilde, realizado sin buscar reconocimiento.
- Oración constante, integrada en el ritmo ordinario de la jornada.
- Servicio comunitario, que facilitaba la misión de sacerdotes, profesores y misioneros.
- Discernimiento, para reconocer la voluntad de Dios en las circunstancias reales de la vida.
Alfonso no entendía la humildad como pasividad. Trabajaba con diligencia, atendía a las personas y asumía incluso servicios que podían resultar incómodos o poco estimados. Su obediencia llegó a tal extremo que, cuando un superior le ordenó ir a las Indias con ánimo de probar su reacción, acudió inmediatamente a la puerta para ponerse en camino. Después recibió la indicación de regresar.
Oración, ejercicios espirituales y disciplina
La vida comunitaria ocupaba un lugar central en su itinerario. Alfonso acudía puntualmente a los actos comunes, participaba en los ejercicios espirituales y practicaba anualmente los ejercicios de san Ignacio prescritos por la regla. También dedicaba tiempos especiales al silencio y al retiro mensual.
La Eucaristía constituía el centro de su piedad. Renovaba diariamente sus votos y procuraba unir la actividad exterior con una profunda vida interior.
Su camino espiritual no estuvo exento de dificultades. Experimentó períodos de sequedad, escrúpulos, tentaciones, sufrimientos físicos y estados de desolación interior. La tradición de su vida no presenta la santidad como una experiencia permanentemente consoladora, sino como una fidelidad perseverante en medio de pruebas prolongadas.,