Juventud y matrimonio
Amón nació en una familia acomodada de Egipto hacia el año 350, en un contexto donde el cristianismo ya florecía en la región, aunque aún enfrentaba presiones sociales y familiares tradicionales.1 Quedó huérfano de sus padres en una edad temprana, lo que lo dejó bajo la tutela de un tío y otros parientes que, influenciados por las costumbres de la época, lo obligaron a contraer matrimonio a los veintidós años.2 Este enlace no fue una elección libre de Amón, quien desde joven mostraba inclinaciones hacia la vida espiritual y la renuncia al mundo.
En la noche de bodas, Amón, guiado por su devoción a las enseñanzas apostólicas, leyó a su esposa pasajes de las epístolas de San Pablo, particularmente aquellos que exaltan la virginidad y la continencia como estados superiores para la unión con Dios.3 Persuadida por sus argumentos, que contrastaban las dificultades del matrimonio con las libertades de la castidad, su esposa accedió a un voto mutuo de perpetua continencia. Así, durante dieciocho años, vivieron bajo el mismo techo como hermanos en Cristo, sin consumar el matrimonio.4 Amón dedicaba sus días a labores manuales intensas, como el cultivo de un jardín donde plantaba bálsamo, y sus noches a la oración, preparándose gradualmente para la rigurosa vida del desierto.2 Esta etapa de su vida ilustra su dominio sobre las pasiones y su compromiso con la pureza evangélica, un tema central en la tradición monástica egipcia.
Retiro al desierto
Una vez fallecidos su tío y los familiares que se oponían a su vocación, Amón obtuvo el consentimiento de su esposa para retirarse al desierto.2 Ella, inspirada por su ejemplo, transformó su hogar en una comunidad de mujeres religiosas, a la que Amón visitaba periódicamente para ofrecer dirección espiritual, generalmente cada seis meses.1 Amón se dirigió al desierto de Nitria, una región montañosa y árida situada a unos setenta kilómetros al sur de Alejandría, más allá del lago Mareotis (actual Wadi Natrun). Este lugar, descrito como un marisma venenoso infestado de reptiles y moscas, era ideal para la anacoresis por su hostilidad extrema, superando incluso la dureza del desierto propiamente dicho.2
En Nitria, Amón inició una vida eremítica, construyendo una celda sencilla y dedicándose a la oración, el ayuno y el trabajo manual.3 Su santidad pronto atrajo a otros anacoretas, que erigieron celdas en la montaña y los alrededores, formando un núcleo incipiente de monacato.1 Aunque las fuentes difieren sobre si Amón fue el primer fundador de un monasterio en Nitria, es indiscutible su rol en la organización de estos eremitas dispersos.2 Hacia finales del siglo IV, la zona albergaba unos cincuenta monasterios con cinco mil monjes, apodada por San Jerónimo como la Ciudad de Dios.1

