Origen y formación cristiana
Andrés Kim Taegon nació en Corea a comienzos del siglo XIX, en una familia vinculada a las primeras comunidades católicas del país. La fe cristiana había llegado a Corea a través de libros procedentes de China. Intelectuales coreanos comenzaron estudiando esos escritos y terminaron abrazando una fe viva en Jesucristo. En 1784, uno de los primeros buscadores coreanos viajó a Pekín, donde recibió el bautismo. A partir de aquel acontecimiento nació una comunidad cristiana fundada enteramente por laicos, caso excepcional en la historia de la Iglesia.3
La primera evangelización coreana no comenzó con misioneros extranjeros, sino con laicos bautizados que leían, estudiaban y transmitían la doctrina cristiana. Las familias y pequeños grupos de creyentes sostuvieron la oración, la catequesis y la vida comunitaria durante largos periodos sin presencia estable de sacerdotes. El papa Francisco presentó esta circunstancia como uno de los rasgos más admirables de la Iglesia coreana: la evangelización inicial fue obra de los laicos, porque todavía no había sacerdotes en el país.2
Andrés creció en ese ambiente de fe perseguida. Las comunidades cristianas reunían a personas de distintas categorías sociales, incluidos nobles, campesinos y pobres. La pertenencia a la Iglesia favorecía una fraternidad que relativizaba las divisiones de clase y hacía de la familia un ámbito esencial para la transmisión de la fe.4
Camino hacia el sacerdocio
Durante la década de 1820, los católicos coreanos comenzaron a promover de manera organizada las vocaciones sacerdotales. Incluso en medio de la persecución formaron asociaciones destinadas a rezar por las vocaciones y a sostener a quienes se preparaban para el ministerio. De aquellas comunidades surgieron Andrés Kim Taegon y Tomás Choe Yang-eop, considerados los primeros sacerdotes coreanos.5
Andrés recibió su formación sacerdotal fuera de Corea, en un contexto marcado por la escasez de ministros y por la dificultad de introducir misioneros en el país. Su preparación estuvo acompañada por el estudio, la obediencia y una intensa vida de fe. La tradición eclesial lo reconoce como el primer sacerdote nativo de Corea. Fue ordenado sacerdote en 1845.6




