San Anselmo nació en Aosta, una ciudad de Borgoña en los confines de Lombardía, en 1033 o principios de 1034, siendo el primogénito de una familia noble1,2. Su padre, Gundulfo, era un lombardo que se había convertido en ciudadano de Aosta, mientras que su madre, Ermenberga, provenía de una antigua familia borgoñona1. De su madre, Anselmo aprendió las primeras lecciones de piedad y fue inculcado con el amor por el aprendizaje desde una edad temprana1,2. A los quince años, Anselmo intentó ingresar en un monasterio, pero su padre se lo impidió1.
El Monasterio de Bec
Después de la muerte de su madre, Anselmo abandonó su hogar y, tras un período de vagancia, llegó a la abadía benedictina de Bec en Normandía en 1060, atraído por la fama de su prior, Lanfranco1. Allí, a la edad de veintisiete años, ingresó en la orden benedictina1. Tres años después, en 1063, fue elegido prior del monasterio, sucediendo a Lanfranco, quien se había convertido en abad de Caen1. Durante sus quince años como prior, Anselmo se dedicó a la formación de los jóvenes monjes, adoptando un enfoque educativo moderno que evitaba los miedos y los golpes, fomentando la libertad y el desarrollo natural3.
En 1078, Anselmo fue elegido abad de Bec, cargo que ocupó durante quince años3,1. Durante este tiempo, realizó visitas ocasionales a Inglaterra, donde la abadía poseía propiedades y donde su amigo Lanfranco era ya Arzobispo de Canterbury3. Fue en este período cuando Eadmer, un monje inglés, se convirtió en su devoto discípulo y futuro biógrafo3,1.
Arzobispo de Canterbury
En 1092, tres años después de la muerte de Lanfranco, la sede de Canterbury permanecía vacante debido a que el rey Guillermo Rufo se apropiaba de sus ingresos3. A pesar de la resistencia inicial del rey, una enfermedad repentina lo llevó a nombrar a Anselmo para el arzobispado3. Anselmo, quien argumentó su edad, mala salud e incapacidad para los asuntos públicos, fue forzado a aceptar el cargo por los obispos y barones3.
Sin embargo, la relación entre Anselmo y el rey Guillermo Rufo fue tensa. El rey, cuya actitud no había cambiado realmente, exigió grandes sumas de dinero a Anselmo y se negó a llenar las abadías vacantes o a permitir la celebración de sínodos para reprimir abusos3. Anselmo se negó a ceder a las demandas del rey y defendió la independencia del poder espiritual frente al temporal, lo que le valió el apoyo del Papa Urbano II3,2. Esta defensa de la libertas Ecclesiae le costó el exilio de su sede de Canterbury en 11032,4.
Durante su exilio, Anselmo viajó a Roma y participó en el Concilio de Bari en 1098, donde se destacó por abordar las dificultades de los obispos ítalo-griegos sobre el Filioque4. El concilio condenó las acciones del rey de Inglaterra, pero Anselmo intercedió para evitar una excomunión solemne, logrando que el Papa Urbano II se limitara a una amenaza4.
La muerte de Guillermo Rufo puso fin al exilio de San Anselmo, y regresó a Inglaterra con el regocijo del nuevo rey Enrique I y del pueblo4. No obstante, surgieron nuevas dificultades cuando Enrique I quiso investir a Anselmo y exigirle el homenaje acostumbrado por su sede, lo cual contravenía las decisiones de un sínodo romano de 1099 que prohibía la investidura laica4. Anselmo se negó a consagrar obispos nombrados por el rey a menos que fueran canónicamente elegidos, lo que llevó a un nuevo conflicto4.
Finalmente, en 1106, Enrique I renunció a su derecho a la investidura de cargos eclesiásticos, así como a la recaudación de impuestos y la confiscación de propiedades de la Iglesia, permitiendo el regreso de Anselmo a Inglaterra2,4. La larga batalla de Anselmo, librada con perseverancia y bondad, concluyó felizmente2. Dedicó los últimos años de su vida a la formación moral del clero y a la investigación teológica2.
San Anselmo falleció el 21 de abril de 1109, siendo canonizado en 1494 y proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Clemente XI en 17201.

