Nacimiento y elección para la sede de Lucca
Las narraciones tradicionales sitúan el nacimiento de san Anselmo en Mantua, en 1036.
En 1073, su tío —el papa Alejandro II— lo nombró obispo de Lucca, enviándolo a Alemania con el objetivo de recibir del emperador los símbolos del oficio, práctica descrita en la fuente como una costumbre defectuosa.
El conflicto por la investidura: rechazo inicial y posterior aceptación
El punto decisivo de su biografía es su postura ante la investidura. Según la fuente, Anselmo estaba convencido de que el poder secular no tenía autoridad para conferir dignidades eclesiásticas, y por ese motivo no pudo aceptar la investidura por parte de Enrique IV. Regresó a Italia sin recibirla.
Solo después de ser consagrado por el sucesor de Alejandro II (se menciona a san Gregorio VII) se afirma que Anselmo «consintió» en recibir del emperador el báculo y el anillo, aunque con dudas de conciencia que pesan en la narración.
La fuente interpreta esas inquietudes como motivo de ruptura disciplinar y espiritual: las dudas «le llevaron» a dejar su diócesis y retirarse a una congregación de monjes cluniacenses en Polirone.
Regreso a Lucca y aplicación de la disciplina canónica
La situación no termina con su retiro. La narración afirma que, por su calidad moral y su influencia, no podían prescindir fácilmente de él: el papa san Gregorio lo recalló, enviándolo de nuevo a Lucca para retomar el gobierno de la diócesis.
Allí aparece como un obispo de celo disciplinar. Se dice que trató de imponer en el grupo de canónigos el vida común, ordenada por un decreto del papa san León IX.
Conflicto con los canónigos de Lucca
La fuente describe que hubo discordia con el ejemplo considerado «edificante» de otros lugares: en contraste con otros canónigos, los de Lucca se negaron a obedecer. Y, pese a que el papa los situó bajo interdicto y posteriormente fueron excomulgados, persistieron en la desobediencia.
El papel de la condesa Matilde de Toscana aparece en esta fase como mediador y apoyo para la reforma. Se afirma que Matilde asumió la tarea de expulsar a esos canónigos, pero ellos se rebelaron, contaron con el respaldo del emperador Enrique IV, y terminaron por expulsar al obispo de la ciudad en 1079.
Canossa: retiro, dirección espiritual y orden eclesial
Después de ser expulsado, san Anselmo se retira a Canossa y se convierte en director de Matilde de Toscana. En los territorios bajo su jurisdicción, se afirma que estableció estricto orden entre monjes y canónigos.
La fuente recoge una frase atribuida al obispo que resume su preferencia por la vida regular sobre cualquier cálculo institucional: «Preferiría que la Iglesia no tuviera ni monjes ni canónigos, antes que vivieran sin disciplina.»
Persecución por su fidelidad al papado
San Anselmo aparece retratado como uno de los más fieles partidarios de san Gregorio VII, lo que acarrea «mucha persecución». Su servicio se concreta, sobre todo, en el ámbito de la lucha por las investiduras, presentada como un asunto de vida o muerte para el gobierno ordenado de la Iglesia.
La fuente explica el trasfondo: la investidura se relaciona con el sistema feudal, en el que obispos y abades habrían llegado a convertirse en dueños de tierras e incluso de ciudades, recibiendo autoridad temporal a cambio de la fidelidad debida al soberano. Con el tiempo, se habría llegado a la venta de oficios sagrados o a su concesión a cortesanos poco ejemplares.
En ese marco, san Anselmo es presentado como un apoyo particularmente activo de la política gregoriana: se subraya que el propio Anselmo había protestado contra la recepción de la investidura por manos seculares.
Misión como legado apostólico en Lombardía
Tras la muerte de san Gregorio VII, la fuente afirma que el siguiente papa lo nombró legado en Lombardía, una misión que implicaba la administración de varias diócesis que permanecían vacantes debido al conflicto de investiduras. Así, se le describe como visitador apostólico, sin que conste que fuera «hecho obispo de Mantua», pese a afirmaciones de algunos biógrafos.