San Ansgar nació en una familia noble en las proximidades de Amiens, en el seno de una región marcada por la vitalidad monástica carolingia. Desde joven mostró una profunda inclinación espiritual: una visión de la Virgen María y la premonición de la muerte de Carlomagno lo llevaron a renunciar a la alegría juvenil para abrazar la vida monástica, viendo en la predicación a los paganos el camino más directo al martirio.1,2
Ingresó en el monasterio de Corbie Viejo (Old Corbie), en Picardía, donde recibió una sólida formación bajo la tutela de figuras como Pascasio Radberto. Posteriormente, se trasladó al recién fundado Corbie Nuevo (New Corbie o Corvey), en Westfalia, establecido alrededor del 822 por el emperador Luis el Piadoso y el abad Adalardo. Allí, Ansgar se distinguió por su piedad y su compromiso pastoral, preparándose para las misiones que definirían su existencia.4,5,3
En Corvey, el santo cultivó no solo la oración y el estudio, sino también un espíritu apostólico. Su biógrafo Rimberto destaca cómo Ansgar, desde sus primeros años en el claustro, anhelaba la conversión de los pueblos nórdicos, influido por el ambiente intelectual y misionero del monasterio, que sería cuna de evangelizadores.1

