La existencia histórica de San Aquileo se basa en testimonios antiguos de la Iglesia primitiva, aunque las fuentes hagiográficas posteriores incorporan elementos legendarios. Según la tradición, Aquileo era un soldado pretoriano, es decir, miembro de la guardia imperial romana encargada de proteger al emperador.1 Junto a su compañero Nereo, ambos eunucos al servicio de Flavia Domitila, sobrina del emperador Domitiano, se convirtieron al cristianismo en el contexto de las primeras comunidades romanas.
La tradición patrística, reflejada en escritos de Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, vincula a Aquileo con el entorno familiar de la corte imperial. Flavia Domitila, esposa o pariente de Flavio Clemente, cónsul de Roma, fue desterrada a la isla de Ponza (antigua Pontia) por profesar la fe cristiana durante el reinado de Domitiano (81-96 d. C.). Nereo y Aquileo, como servidores de Domitila, habrían compartido su exilio y fortalecido su vocación cristiana.1
Aunque las «actas» legendarias los presentan como eunucos, esta caracterización podría simbolizar su castidad perfecta y desapego del mundo, común en la hagiografía para resaltar virtudes evangélicas. El papa San Dámase I (siglo IV) compuso una inscripción epigráfica en su tumba, confirmando su condición militar: «Nereo y Aquileo se alistaron en el ejército y ejercieron el cruel oficio de cumplir las órdenes», pero abandonaron todo por Cristo.1
