Milán, conocida en la antigüedad como Mediolanum, fue una ciudad de gran importancia en el Imperio Romano, llegando a ser capital de los emperadores de Occidente en varias ocasiones después del año 296 d.C.1. La ciudad fue un centro vibrante de comercio y cultura, con escuelas famosas bajo el gobierno imperial1.
La difusión del cristianismo en Milán se remonta a los primeros siglos. Aunque una leyenda del siglo XI atribuye la evangelización a San Bernabé y al primer obispo, San Anathalon, se estima que la diócesis no se estableció antes del año 200 d.C.1. Durante las persecuciones romanas, Milán fue testigo del martirio de numerosos cristianos, incluyendo a figuras como los Santos Gervasio y Protasio, San Víctor, los Santos Nabor y Félix, y los Santos Nazario y Celso1.
Un período crucial para la Iglesia en Milán fue el episcopado de San Ambrosio (375-397 d.C.), quien jugó un papel fundamental en la lucha contra el paganismo y el arrianismo1. San Ambrosio es también conocido por haber introducido innovaciones en el Oficio Divino y por haber descubierto las reliquias de los Santos Gervasio y Protasio, lo que fortaleció la fe de los católicos milaneses durante un conflicto con la emperatriz Justina, una ferviente arriana2,3,4.
