Origen: Limoges y el despertar temprano de la vida espiritual
Según la narración hagiográfica, Avertanus habría nacido en Limoges y, desde que podía hablar, mostraba una inclinación afectiva hacia Dios: hablaba con Él y «practicaba» una forma temprana de oración. El relato subraya que no se le describe como niño travieso, sino más bien como alguien que prefería la oración y la contemplación.
Desde muy pronto aparece también su deseo de entrar en la vida religiosa. La historia insiste en que la vocación no nace de una simple preferencia humana, sino que el relato la presenta como una respuesta a una intervención celestial: se narra que, una noche, tuvo una visión de un ángel que le exhortó a ingresar en la Orden del Carmelo.
Vocación y recepción del hábito: señales de la providencia
El texto afirma que Avertanus comunicó a sus padres la inspiración recibida. Aunque sus progenitores eran piadosos y sentían la pena de perder el «apoyo» que suponía su hijo para la vejez, finalmente cedieron al considerar que se trataba del querer de Dios.
La admisión al monasterio de los carmelitas en Limoges se presenta como un acontecimiento espiritual: al recibir el hábito, el relato dice que las voces angélicas se mezclaron con los cánticos y que la Virgen María fue vista extendiendo su mano en bendición sobre la cabeza del humilde hermano lego.
Aunque la hagiografía puede usar recursos literarios para expresar la grandeza de la santidad, aquí el punto teológico es claro: el Carmelo aparece como un camino de vida consagrada en el que se reconoce la gracia de Dios y la protección maternal de María.
Vida cotidiana: oración intensa, tareas humildes y temor al dinero
El retrato espiritual del santo se caracteriza por dos rasgos complementarios:
El amor por las tareas más meniales en el convento, descritas como su deleite cuando no estaba en oración.
Una oración caracterizada por la elevación contemplativa, con frecuentes estados de arrobamiento que hacían difícil traerle de vuelta a la vida ordinaria.
La narración añade prácticas concretas: por la noche, se levantaba y se arrastraba de rodillas hacia la cima de un cerro rocoso cercano al monasterio; con los brazos extendidos, oraba hasta el amanecer.
Asimismo, se insiste en un rasgo ascético: Avertanus mostraba un profundo rechazo al dinero; el relato afirma que evitaba tocarlo, hablar de él o incluso verlo si podía evitarlo. En el lenguaje devocional, esto se entiende como una forma de libertad interior propia de quien vive para Dios.
Peregrinación a Roma en tiempo de peste: el episodio de Lucca
En un punto de su vida, Avertanus desea visitar los «lugares santos» y, con permiso del prior, emprende el viaje a Roma acompañado por un compañero llamado Romaeus. Sin embargo, la historia recalca que no fue una peregrinación cómoda ni «turística»: atravesaron con dificultad los Alpes en invierno.
Una vez en Italia, el relato sitúa el contexto en medio de una peste: las puertas de las ciudades estaban cerradas para impedir el contagio de forasteros y vagabundos que pudieran traer la enfermedad. Por ello, el texto describe cómo los peregrinos fueron acogidos en un hospital, el hospital de San Pedro, situado en las afueras de Lucca.
Al día siguiente, Avertanus intentó entrar en la ciudad, pero los porteros no aceptaron a aquel par de hombres andrajosos. El relato señala que, probablemente, quienes lo rechazaron «tenían razón», en cuanto a la prudencia sanitaria del momento.
A partir de ahí, el texto sostiene que Avertanus enfermó gravemente: al regresar al hospital, tuvo fiebre alta y, según la narración, habría contraído la temida enfermedad.
Últimos sacramentos y profecías: cisma, memoria en Lucca y los carmelitas
Cuando percibe que se acerca su hora final, el relato atribuye a Avertanus tres profecías:
Que un gran cisma sería sanado mediante la intercesión de la Bienaventurada Virgen.
Que la ciudad de Lucca, que lo había rechazado en vida, lo honraría después de su muerte.
Que el hospital de San Pedro pasaría a estar bajo el cuidado de los carmelitas.
La narración concluye afirmando que recibió los últimos sacramentos.
Desde una lectura católica, estas «profecías» se presentan como un modo hagiográfico de expresar esperanza en la acción de Dios y en el fruto espiritual de la fidelidad, incluso cuando la persona parece desvalida (pobreza, rechazo, enfermedad).