Origen y juventud
Benito Manassari nació en San Fratello, en la actual provincia siciliana de Mesina. Sus padres descendían de africanos sometidos a esclavitud; algunos relatos biográficos los describen como cristianos de origen etíope. Las biografías antiguas cuentan que el dueño de la familia concedió la libertad a Benito, primogénito de sus padres.1,3
Desde joven destacó por su piedad y su carácter humilde. El sobrenombre Moro aludía al color de su piel y quedó unido a su nombre en la tradición devocional. La expresión «Santo Moro», que ya circulaba en vida del religioso según relatos biográficos, resumía la unión entre esa característica física y la veneración popular que despertaban sus virtudes. El término pertenece al lenguaje histórico de su época y no debe entenderse como un título religioso ni como una descripción de su espiritualidad.1,4
Vida eremítica
Hacia los veintiún años, Benito se incorporó a una pequeña comunidad de eremitas vinculada a Jerónimo Lanza. Los ermitaños buscaban una vida de oración y penitencia inspirada en el ideal de san Francisco de Asís. La comunidad acabó estableciéndose en el monte Pellegrino, cerca de Palermo, lugar asociado también a la tradición de santa Rosalía.1,4
Cuando el papa Pío IV disolvió aquella comunidad, en 1562, Benito ingresó en la Orden de los Hermanos Menores. Dejó así la vida eremítica para incorporarse a una comunidad religiosa franciscana. Su paso de la soledad a la vida conventual no supuso el abandono de la oración y la austeridad: las biografías lo presentan como un hombre que mantuvo una vida ascética y que procuraba vivir con sencillez.2,1
Vida franciscana en Palermo
Benito pasó alrededor de veinticuatro años en el convento franciscano de Santa María de Jesús, en Palermo. Comenzó trabajando como cocinero. Más adelante ocupó responsabilidades de gobierno y formación: fue superior de la comunidad, vicario y maestro de novicios. Al terminar sus encargos volvió a la cocina, oficio que desempeñó hasta el final de su vida.1,4
Su elección como superior resulta especialmente significativa porque, de acuerdo con una biografía antigua, era hermano lego y no sabía leer ni escribir. Aun así, quienes lo eligieron consideraron que podía dirigir la comunidad por su prudencia y su conocimiento de las personas. El relato biográfico atribuye su buen gobierno a la sensatez con que aconsejaba y corregía a los religiosos. Después, como maestro de novicios, acompañó a quienes comenzaban la vida franciscana.4
La tradición también relaciona su servicio en la cocina con una atención concreta a los demás: el trabajo cotidiano le permitía ayudar a la comunidad y atender a quienes acudían al convento. Aunque sus cargos hicieron conocida su figura, los relatos insisten en que Benito aceptaba esas responsabilidades por obediencia y prefería volver a las tareas humildes. Esa combinación de autoridad y sencillez constituye uno de los rasgos centrales de su retrato espiritual.4,1





