San Bernardo nació en 1090 en Fontaines, cerca de Dijon, Francia, en una familia noble de Borgoña1,2. Sus padres fueron Tescelin, señor de Fontaines, y Aleth de Montbard1,2. Fue el tercero de siete hijos, seis de los cuales eran varones1,2. Desde temprana edad, recibió una educación esmerada en la escuela de los canónigos seculares de Saint-Vorles en Châtillon-sur-Seine, donde mostró un gran interés por la literatura y las Sagradas Escrituras1,3. Su crecimiento en virtud fue tan notable como su éxito académico1.
A los diecinueve años, tras la muerte de su madre, Bernardo experimentó fuertes tentaciones, pero su virtud le permitió superarlas heroicamente1,2. Fue en este período que comenzó a considerar una vida de soledad y oración, sintiendo un llamado a la vida religiosa1,3,2. Decidió unirse a la recién fundada abadía de Císter, establecida en 1098 por San Roberto de Molesmes con el objetivo de restaurar la Regla de San Benito en todo su rigor1,2.
La decisión de Bernardo de entrar en Císter no fue fácil, pero una vez que se fijó en ella, su resolución fue inquebrantable2. Su elocuencia y fervor eran tan poderosos que logró convencer a treinta y un hombres, incluyendo a cuatro de sus hermanos y un tío, para que lo siguieran a la vida monástica4,2. Incluso su hermano menor, Nivard, que inicialmente se quedó con su padre, se unió a ellos más tarde, dejando en el mundo solo a su padre y a su hermana Humbeline4. En 1112, a la edad de veintidós años, Bernardo y su compañía llegaron a Císter, donde fueron recibidos por el abad inglés San Esteban Harding4.

