En el año 953, la arquidiócesis de Colonia quedó vacante, y Bruno fue nombrado Arzobispo. Durante los doce años de su episcopado, San Bruno desempeñó un papel destacado en la política imperial, donde los asuntos eclesiásticos estaban intrínsecamente entrelazados. Sin embargo, en ningún momento descuidó sus responsabilidades espirituales y las necesidades religiosas de su pueblo.
Reforma eclesiástica y pastoral
Bruno estableció un alto ejemplo de bondad personal y devoción, y mantuvo al clero y a los laicos en un estado de alerta mediante frecuentes visitas. Consideraba que el aprendizaje sólido y el espíritu monástico eran los medios para mantener un alto nivel de atención pastoral y vida espiritual. Su escuela catedralicia contó con los mejores profesores que pudo encontrar, y fundó la abadía de San Pantaleón en Colonia.
La preocupación de San Bruno no se limitó a su propia diócesis; utilizó su influencia y autoridad para extender sus reformas por todo el reino.
Influencia política y «el hacedor de obispos»
Al mismo tiempo que se convirtió en arzobispo, la autoridad de Bruno se extendió notablemente por acción del emperador. Mientras Otón estaba ausente en Italia, su yerno Conrado el Rojo, duque de Lorena, se había rebelado. Otón depuso a Conrado y puso a San Bruno en su lugar. El ducado no se anexionó al obispado, pero este nombramiento de Bruno marcó el comienzo del poder temporal ejercido por los arzobispos de Colonia, quienes se convirtieron en príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico.
San Bruno fue un estadista tan capaz como un hombre de bien. Tenía una aptitud particular para resolver las numerosas disputas políticas de los loreneses, y logró que la influencia alemana prevaleciera sobre ellos. En esta tarea unificadora, su clero altamente capacitado y apostólico desempeñó un papel importante. La cantidad y calidad de los obispos que nombró le valieron el sobrenombre de «el hacedor de obispos».