Infancia y juventud
Camilo nació en Bucchianico, localidad de los Abruzos próxima a Chieti, el 25 de mayo de 1550. Su padre había ejercido la carrera militar y Camilo siguió desde muy joven ese camino. Durante la adolescencia y la primera juventud sirvió como soldado en distintos ejércitos y participó en campañas militares.1,3
La vida militar lo expuso a la violencia, la inestabilidad y los ambientes moralmente desordenados propios de muchos campamentos de la época. Camilo desarrolló una fuerte dependencia del juego, que llegó a dominar su conducta y sus decisiones. Las pérdidas económicas lo llevaron repetidamente a la pobreza y a la humillación. En 1574 perdió en el juego sus ahorros, sus armas y prácticamente todas sus pertenencias, hasta quedar reducido a una situación extrema de indigencia.3
La adicción al juego no constituyó para Camilo una simple afición juvenil, sino una forma de esclavitud moral. El juego absorbía sus bienes, debilitaba su voluntad y lo alejaba de Dios. Su posterior conversión adquirió, por ello, el carácter de una ruptura radical con el pecado y no el de una mejora superficial de costumbres.
El encuentro que transformó su vida
Después de una etapa de pobreza y desorientación, Camilo trabajó para los capuchinos en Manfredonia. Durante ese periodo, la exhortación de un fraile le hizo contemplar con lucidez la vanidad de su vida anterior y la necesidad de salvar su alma. El mensaje que recibió condensaba el núcleo de su conversión: Dios es lo único necesario y todo lo demás carece de valor cuando aparta de la salvación.1,3
La gracia alcanzó a Camilo en 1575. Conmovido profundamente, reconoció sus pecados, pidió misericordia y abandonó definitivamente el juego. Desde entonces comenzó una vida penitente y orientada al servicio de los demás. La tradición biográfica sitúa este momento en el día de la Candelaria, cuando Camilo tenía veinticinco años.1
Camilo quiso ingresar en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos. Sin embargo, una enfermedad crónica en una pierna, originada durante sus años de campaña militar, impidió su permanencia en la comunidad. La dolencia le acompañó durante cuarenta y seis años y condicionó toda su vida, pero también le permitió comprender desde dentro la vulnerabilidad, el dolor y la dependencia del enfermo.1,3



