Carlos Lwanga vivió en el reino de Buganda, situado en la región de los Grandes Lagos africanos, en el territorio de la actual Uganda. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Buganda constituía una entidad política organizada en torno a la autoridad del kabaka, título tradicional del monarca. La corte real reunía a nobles, administradores, soldados y jóvenes servidores, entre ellos los llamados pajes o servidores de palacio.
La evangelización cristiana llegó a Buganda en un contexto de intensos contactos comerciales, políticos y religiosos. En 1875 aparecieron los primeros misioneros cristianos vinculados a la expansión protestante, y tres años después llegaron los Misioneros de África, conocidos popularmente como Padres Blancos. La misión católica quedó vinculada al Vicariato del Alto Nilo y estableció una presencia permanente en la zona de Rubaga.2,3
Los misioneros católicos encontraron una sociedad con estructuras políticas propias, tradiciones religiosas arraigadas y una corte que observaba con atención las nuevas religiones. El rey Mutesa I mostró inicialmente cierta apertura hacia el cristianismo, pero más tarde cambió de actitud ante la influencia musulmana y las tensiones relacionadas con el comercio de esclavos y la posible interferencia de potencias extranjeras.3
A la llegada de los Padres Blancos, numerosos habitantes de Buganda comenzaron a recibir instrucción cristiana. La misión no dependió únicamente de la presencia directa de sacerdotes europeos: los conversos locales asumieron pronto tareas de enseñanza, transmisión de la fe y acompañamiento de los catecúmenos. La comunidad cristiana mantuvo su crecimiento incluso durante los periodos en que los misioneros tuvieron que abandonar temporalmente el reino.4


