Oración y penitencia
Las biografías describen a Casimiro como un joven de intensa vida ascética. Oraba durante largas horas, incluso por la noche, y cultivaba una particular devoción a la pasión de Cristo. También practicaba ayunos y mortificaciones, vestía con sencillez y dedicaba buena parte del tiempo a las iglesias.,
Algunas narraciones cuentan que permanecía de rodillas ante las puertas cerradas de los templos, sin preocuparse por la hora o por las inclemencias del tiempo. Estos relatos forman parte de la tradición devocional transmitida por sus biógrafos y expresan la imagen de un príncipe que subordinaba el lujo y el poder a la búsqueda de Dios.
Juan Pablo II describió a Casimiro como un asceta exigente consigo mismo, satisfecho con lo necesario y decidido a anteponer el amor de Cristo a cualquier ventaja terrena.
Devoción eucarística y mariana
Casimiro cultivó una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen María. La tradición lo presenta participando con frecuencia en la misa, dedicando largos periodos a la adoración y peregrinando a santuarios marianos.
Su piedad mariana quedó asociada al himno latino Omni die dic Mariae, cuyo título puede traducirse como «Cada día, alma mía, canta alabanzas a María». Casimiro lo rezaba con frecuencia y quiso que una copia acompañara su sepultura.
Sin embargo, la tradición que llama a esta composición «himno de san Casimiro» no significa que él fuera su autor. El poema es varios siglos anterior al príncipe y forma parte de un Mariale latino del siglo XII. Durante mucho tiempo se atribuyó a san Anselmo o a san Bernardo de Claraval; la atribución más probable lo relaciona con Bernardo de Morlaix, también llamado Bernardo de Cluny.,
La distinción entre autoría y devoción resulta fundamental: Casimiro no compuso el himno, pero su amor por él contribuyó decisivamente a vincularlo con su memoria.
Caridad hacia los pobres
La caridad ocupó un lugar central en su espiritualidad. Las biografías cuentan que entregaba a los pobres cuanto poseía y utilizaba su influencia ante el rey y ante su hermano Vladislao para obtener ayuda para los necesitados.
La Iglesia ha interpretado esta actitud como una expresión concreta de la fe cristiana. Casimiro no consideraba la pobreza ajena un problema meramente social o administrativo, sino una realidad que exigía compasión, justicia y responsabilidad personal.
Juan Pablo II lo llamó «defensor de los pobres» y presentó su vida como un ejemplo de servicio a los demás.