La persecución religiosa en México (1910-1937)
La historia de estos mártires está inextricablemente ligada a uno de los periodos más oscuros para la Iglesia católica en México. Tras la Revolución Mexicana de 1910, los gobiernos radicales anticlericales, inspirados en ideologías masónicas y socialistas, promulgaron leyes que restringían severamente la libertad religiosa. La Constitución de 1917 y las reformas de presidentes como Plutarco Elías Calles (1924-1928) cerraron iglesias, expulsaron obispos, prohibieron el culto público y exigieron el registro estatal de sacerdotes, limitando su número por estado.3
Esto desencadenó la Guerra Cristera (1926-1929), un levantamiento armado de católicos —llamados cristeros— que clamaban «¡Viva Cristo Rey!». Sin embargo, la mayoría de los sacerdotes, incluido Cristóbal Magallanes, optaron por la resistencia pacífica, centrándose en el cuidado pastoral clandestino: celebrar misas secretas, confesar y evangelizar pese al riesgo mortal. Aunque algunos clérigos apoyaron la rebelión, los obispos la desaconsejaron, priorizando la no violencia. Los mártires aquí destacados fueron ejecutados por su sola profesión de fe y ejercicio ministerial, no por participación bélica.1,3
El Papa Juan Pablo II comparó su situación con la de San Pablo en los Hechos de los Apóstoles (9,28-31), donde la Iglesia crece en medio de persecuciones gracias al Espíritu Santo.3 Tras el conflicto, la persecución continuó hasta 1937, con miles de víctimas: unos 100.000 católicos murieron, incluidos 70 obispos y sacerdotes y numerosos laicos.2

