San Dionisio, cuyo lugar y fecha de nacimiento exactos son desconocidos, se destacó desde joven por su vida virtuosa, su conocimiento de las cosas sagradas y su firme fe1. Debido a estas cualidades, el Papa Fabián (236-250) lo envió, junto con otros obispos misioneros, a la Galia en una difícil misión1,2. La Iglesia en la Galia había sufrido severamente bajo la persecución del emperador Decio, y la tarea de estos nuevos mensajeros de la fe era restaurarla a su antigua condición floreciente1.
Dionisio llegó a las cercanías de lo que hoy es París con sus inseparables compañeros, el sacerdote Rústico y el diácono Eleuterio, y se establecieron en una isla en el Sena1,2. Allí, Dionisio construyó una iglesia y organizó la celebración regular del servicio divino1. Su predicación intrépida e incansable del Evangelio llevó a innumerables conversiones1.
