San Egidio, cuyo nombre en latín es Ægidius, se cree que nació de una familia noble en Atenas a mediados del siglo VII1. Desde joven, se dedicó por completo a asuntos espirituales. Sin embargo, su noble cuna y su creciente reputación de santidad en su tierra natal se convirtieron en un obstáculo para su búsqueda de la perfección espiritual1. Por esta razón, decidió viajar a la Galia (la actual Francia), buscando un lugar donde pudiera vivir en mayor aislamiento y dedicarse a la contemplación1.
Retiro en la Galia
Una vez en la Galia, San Egidio se estableció inicialmente en una zona silvestre cerca de la desembocadura del río Ródano1. Posteriormente, se trasladó a las orillas del río Gard. Sin embargo, su fama de santidad lo siguió, atrayendo a muchas personas que buscaban su guía y sus oraciones1. Para encontrar la soledad que tanto anhelaba, se retiró a un denso bosque cerca de Nimes, donde pasó muchos años viviendo en una profunda reclusión1. Su única compañía en este retiro era una cierva1.
Este último refugio fue descubierto por los cazadores del rey, quienes habían perseguido a la cierva hasta su escondite1. El rey, quien según la leyenda era Wamba (o Flavio), rey de los visigodos, aunque históricamente debió ser un rey franco, ya que los francos habían expulsado a los visigodos de la región de Nimes mucho antes, desarrolló un gran respeto por el ermitaño1. El monarca deseaba colmarlo de honores, pero la humildad de San Egidio lo hizo inmune a todas las tentaciones mundanas1. No obstante, el santo accedió a aceptar discípulos y construyó un monasterio en el valle, el cual puso bajo la Regla de San Benito1. San Egidio falleció en este monasterio a principios del siglo VIII, dejando una gran reputación de santidad y milagros1.
