San Eligio nació en una familia romana, siendo sus padres Eucherio y Terrigia, en Chaptelat, cerca de Limoges, Francia, alrededor del año 5901. Su padre, al reconocer su talento excepcional, lo envió como aprendiz del renombrado orfebre Abbo, quien era el maestro de la ceca en Limoges1.
Más tarde, Eligio se trasladó a Neustria, donde trabajó bajo la supervisión de Babo, el tesorero real. Su habilidad fue tal que el rey Clotario II le encargó la creación de un trono de oro adornado con piedras preciosas1,2. La honestidad de Eligio en esta tarea impresionó profundamente al rey, ya que con los materiales proporcionados, Eligio fabricó dos tronos en lugar de uno2. Este acto de integridad le valió el nombramiento como maestro de la ceca en Marsella y un lugar en la casa real1,2.
Tras la muerte de Clotario en 629, su sucesor, Dagoberto I, designó a Eligio como su consejero principal1. La fama de Eligio creció rápidamente, y los embajadores solían visitarlo antes de presentarse ante el rey1. Su nombre aparece en varias monedas de oro acuñadas en París y Marsella durante los reinados de Dagoberto I y su hijo, Clodoveo II2.
Integridad y Caridad en la Corte
A pesar de la corrupción de la corte, Eligio mantuvo su virtud y se distinguió por su generosidad2. Aunque vestía magníficamente, a veces con sedas y adornos de oro y piedras preciosas, también destinaba grandes sumas a la caridad2. Se decía que cuando alguien preguntaba por su casa, la respuesta era: «Vaya a tal calle, y es donde vea una multitud de pobres»2.
Un incidente notable de su vida en la corte fue cuando Clotario le ofreció el juramento de lealtad. Eligio, con una ternura de conciencia, se excusó repetidamente, temiendo jurar sin la suficiente necesidad o lo que podría ser llamado a hacer o aprobar2. El rey, al final, reconoció que el espíritu concienzudo de Eligio era una garantía de fidelidad más segura que los juramentos de otros2.
Eligio aprovechó su influencia para obtener limosnas para los pobres y para rescatar a cautivos romanos, galos, bretones, sajones y moros que llegaban diariamente a Marsella1. Fundó varios monasterios y, con el consentimiento del rey, envió a sus sirvientes a dar sepultura digna a los cuerpos de los malhechores ejecutados1.
Entre sus colaboradores más fieles se encontraba un sajón llamado Tillo, quien fue uno de sus siete discípulos y es también venerado como santo2. Eligio también buscó la compañía de hombres piadosos en la corte, como Sulpicio, Bertario, Desiderio y Audoeno (San Audeno), quienes también llegaron a ser obispos y santos2.

