El rostro de Esteban apareció ante el consejo «como el rostro de un ángel». Esta descripción recuerda el resplandor asociado a Moisés después de su encuentro con Dios, pero también anticipa la asistencia divina concedida al mártir.
El capítulo 7 de los Hechos recoge el discurso más extenso de Esteban. No constituye una defensa jurídica en sentido moderno, sino una lectura teológica de la historia de Israel. Esteban muestra que Dios actuó siempre con libertad, sin quedar confinado a un territorio, una construcción o una institución determinada.
Abraham: la promesa antes de la posesión
El discurso comienza con Abraham, llamado por Dios antes de poseer la tierra prometida. Abraham aparece como peregrino y hombre de fe, obediente a una palabra divina que lo pone en camino. Dios no inicia su relación con Israel dentro del templo de Jerusalén, sino mediante una llamada dirigida a un hombre que todavía vive fuera de la tierra prometida.
Este comienzo responde a una de las acusaciones contra Esteban. La presencia de Dios no depende exclusivamente de un espacio sagrado concreto. Dios acompaña a su pueblo en el camino y actúa también fuera de las fronteras y estructuras religiosas ya establecidas.
José: el rechazado que Dios exalta
Esteban recuerda después la historia de José, vendido por sus hermanos y llevado a Egipto. Sus propios hermanos lo rechazan, pero Dios lo protege y lo convierte en instrumento de salvación para su familia.
El paralelismo con Jesucristo resulta evidente: el justo rechazado acaba siendo el instrumento elegido por Dios. Esteban no presenta la historia de José como un episodio aislado, sino como una figura que anticipa el misterio de Cristo, rechazado por los suyos y glorificado por el Padre.
Moisés: liberador y rechazado
La parte central del discurso está dedicada a Moisés. Dios lo llama, lo envía para liberar a Israel y le concede una misión decisiva. Sin embargo, el pueblo rechaza repetidamente a quien Dios ha escogido. La historia de Moisés contiene, por tanto, dos elementos inseparables: la elección divina y la resistencia humana.
Benedicto XVI explicó que Esteban relee las figuras de Abraham, José y Moisés a la luz de Cristo. En cada una aparece el mismo dinamismo: Dios ofrece la salvación, el pueblo se resiste y el elegido sufre el rechazo antes de convertirse en instrumento de una liberación mayor.
El tabernáculo y el templo
Esteban recuerda que Israel adoró a Dios en el desierto mediante el tabernáculo antes de que Salomón edificara el templo. La construcción del templo posee un valor real, pero no puede encerrar a Dios ni limitar su presencia. El cielo y la tierra pertenecen al Señor; ninguna obra humana puede convertirse en su morada exclusiva.
La crítica de Esteban no equivale a despreciar la historia sagrada de Israel. Su objetivo consiste en mostrar que el templo, la Ley y las instituciones antiguas encuentran su plenitud en Jesucristo. El templo era signo; Cristo es la realidad definitiva hacia la que apuntaba el signo.