Detención mientras leía los Evangelios
El relato presenta a Euplisio como alguien que actúa con valentía pública y, a la vez, con una disposición interior arraigada en la Escritura. Se describe que fue llevado ante el gobernador con el Evangelio en la mano.
Cuando el gobernador le pregunta por el origen de esos escritos, Euplisio responde con una fórmula que subraya que no los posee como objeto ajeno, sino que los lleva consigo: «No tengo casa; los llevo conmigo, y fui arrestado con ellos».
Respuestas ante el gobernador: los Evangelios como «ley de Dios»
El gobernador intenta hacerle leer ante el tribunal. Euplisio responde leyendo pasajes vinculados a la persecución y a la exigencia de seguir a Cristo llevando la cruz. En el relato se citan, entre otros, los textos:
“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,10).
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16,24).
Cuando el gobernador pregunta por el sentido de esas palabras, Euplisio las identifica como la ley de Dios recibida por Jesucristo.
En otra formulación del relato compilado, Euplisio insiste en que esos Evangelios son «la ley del Señor mi Dios» recibida de Él, y que su instrucción procede de «nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios».
Torturas, resistencia y confesión explícita
Tras el interrogatorio inicial y la comparecencia posterior, el gobernador ordena que lo sometan a tortura hasta que consienta sacrificar a los dioses.
En el curso del proceso, el gobernador llega a ofrecerle una salida: la libertad si adora a los dioses. La respuesta de Euplisio es clara y contraria a esa exigencia: declara que adora a Jesucristo y que detesta a los demonios, y afirma que, aunque lo torturen, seguirá proclamando su identidad cristiana.
El relato alcanza un punto decisivo cuando el gobernador lo presiona para adorar divinidades concretas (por ejemplo, Marte, Apolo o Esculapio). Euplisio responde proclamando el monoteísmo cristiano: «Adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, un solo Dios; fuera de quien no hay Dios», y rechaza la posibilidad de cambiar su convicción.
La sentencia y la muerte
Puesto que no se logra vencer su constancia, el gobernador ordena su ejecución. En la narración, Euplisio es escuchado agradeciendo a Cristo por poder sufrir «por su causa», y finalmente el fallo culmina en la decapitación: «a su final le mandó cortarle la cabeza».
El relato también describe un detalle significativo: el «libro de los Evangelios» se le ata alrededor del cuello mientras es conducido al lugar de la ejecución, y un pregonero público lo presenta como «enemigo de los dioses y de los emperadores».