Evagrio nació alrededor del año 345 en Ibora, una pequeña localidad próxima al mar Negro, en la región del Ponto.2 Hijo de un corobispo, recibió una sólida formación en letras sagradas y profanas, lo que le valió una reputación de erudito desde joven.3 Su trayectoria eclesiástica comenzó bajo la tutela de figuras prominentes: fue ordenado lector por San Basilio Magno (ca. 330-379) y diácono por San Gregorio de Nisa (ca. 335-395), a quien acompañó al II Concilio de Constantinopla en 381.1,2
En Constantinopla, durante el patriarcado de Nectario (381-397), sirvió como arcediano, destacando por su elocuencia y profundidad intelectual.4 Sin embargo, un episodio de debilidad humana —una relación inapropiada que suscitó celos— lo impulsó a huir de la ciudad. Una visión divina en sueños, en la que era liberado de cadenas al prometer abandonar Constantinopla, confirmó su vocación ascética.4 Tras un breve paso por Jerusalén, donde conoció a Melania la Mayor, se dirigió al desierto egipcio en busca de soledad y purificación.1

