San Felipe Neri aparece en el calendario litúrgico como presbítero y memoria en la fecha del 26 de mayo. La liturgia subraya su entrega a la asistencia de los enfermos incurables y de los peregrinos pobres, su celo en el confesionario y su devoción eucarística. El Misal Romano también conecta su vida con la experiencia del Oratorio, nacida de encuentros periódicos con penitentes en los que Felipe unió conversaciones espirituales, expresiones festivas y actividades de caridad, además del reconocimiento eclesial de la congregación asociada a esta obra.1
En la memoria de la Iglesia, Felipe recibe títulos que condensan su misión. Juan Pablo II lo llamó «apóstol de Roma» y «reformador de la Ciudad Eterna», y lo describió como un maestro capaz de encender en otros el deseo de santidad desde la alegría cristiana.2,3

