Origen y contexto geográfico
Félix nació en 1515 en Cantalicio, localidad situada en la actual provincia italiana de Rieti, en la región del Lacio. El pueblo se encuentra en una zona montañosa próxima a la antigua frontera entre el territorio de Rieti y los Abruzos. En el siglo XVI, este espacio formaba parte de los Estados Pontificios y mantenía estrechas relaciones económicas y sociales con localidades como Cittaducale, situada al este de Rieti.2,3
Las referencias antiguas describen Cantalicio como una población rural del territorio reatino, en el límite noroccidental de los Abruzos. Algunas obras hagiográficas antiguas emplean de manera imprecisa denominaciones regionales propias de épocas posteriores; la documentación contemporánea de la causa de canonización sitúa, sin embargo, el nacimiento de Félix en Cantalicio, dentro del ámbito de Rieti.1,4
Félix pertenecía a una familia de campesinos cristianos. La pobreza familiar y la economía agraria de la zona condicionaron su infancia: desde muy joven tuvo que trabajar como pastor y, más tarde, como jornalero agrícola. La tradición lo presenta como un muchacho sencillo, laborioso y profundamente inclinado a la oración.1,5
Infancia y trabajo agrícola
A los nueve años comenzó a cuidar rebaños. Posteriormente, alrededor de los doce años, entró al servicio de una familia acomodada de Cittaducale, donde trabajó primero como pastor y después como labrador. Permaneció allí durante más de dos décadas.1,5
El trabajo no apartó a Félix de la vida espiritual. Aprovechaba los momentos de descanso para retirarse a lugares solitarios, donde rezaba y meditaba. Una tradición afirma que grabó una cruz en la corteza de un árbol y que acudía allí para orar mientras el ganado pastaba. Su espiritualidad no dependía de una educación académica: Félix era analfabeto, pero aprendía de memoria los pasajes bíblicos y los textos religiosos que escuchaba leer en el convento o durante las comidas comunitarias.5,6
La contemplación de la pasión de Jesucristo ocupaba un lugar central en su vida. En la existencia ordinaria -el trabajo, la naturaleza, las relaciones humanas y las dificultades- descubría ocasiones para elevar el pensamiento hacia Dios. Una máxima atribuida a Félix resume esta actitud: todas las criaturas pueden conducir a Dios cuando la persona las contempla con rectitud de corazón.5
Vocación capuchina
Félix conoció relatos sobre los Padres del desierto y sintió atracción por la vida eremítica. No obstante, comprendió que una existencia completamente solitaria podía exponerle a actuar al margen de la obediencia religiosa. Después de orar y discernir su vocación, decidió ingresar en la Orden de los Capuchinos, una reforma de la familia franciscana que promovía la pobreza, la austeridad, la predicación y una intensa vida de oración.1,5
Las fuentes sitúan su entrada en la Orden en torno a 1543-1544. Recibió el hábito en la provincia romana, y realizó el noviciado en conventos capuchinos del Lacio, especialmente en Anticoli -actual Fiuggi- según distintas tradiciones biográficas. En 1545 emitió los votos religiosos y adoptó la forma de vida propia de un hermano lego, es decir, un religioso no ordenado sacerdote que desempeña trabajos y servicios comunitarios.1,2
La tradición capuchina relata que una experiencia de peligro durante las labores del campo contribuyó a confirmar su decisión. Mientras araba con unos bueyes jóvenes, los animales se descontrolaron y derribaron a Félix. El arado pasó sobre su cuerpo, pero el joven sobrevivió sin heridas graves. Después del suceso acudió al convento capuchino de Cittaducale y pidió ser admitido como hermano. La contemplación de un crucifijo, ante el que rompió a llorar al recordar los sufrimientos de Cristo, impresionó al superior.5
Noviciado y profesión religiosa
Durante el noviciado, Félix manifestó un profundo amor a la pobreza, la obediencia y la humildad. Su espiritualidad incluía ayunos, vigilias y otras penitencias características de la cultura religiosa del siglo XVI. Los testimonios antiguos describen también fuertes tentaciones y dificultades interiores, que afectaron incluso a su salud física, pero que no le apartaron de la perseverancia.1
Félix procuraba considerarse inferior a los demás religiosos y pedía a sus formadores que le exigieran más. Sus compañeros, sin embargo, lo veían como un hombre de extraordinaria virtud y comenzaron a llamarlo familiarmente «el santo», apelativo que ya había recibido durante su infancia en Cantalicio.5
Su humildad no consistía únicamente en aceptar tareas sencillas. También soportaba con paciencia las burlas, los insultos y los rechazos. Cuando alguien le ofendía, respondía deseando que aquella persona llegara a ser santa. Esta actitud expresa una de las dimensiones esenciales de su piedad: la unión entre penitencia personal, mansedumbre y caridad hacia los demás.5




