Devoción temprana y «mirada» contemplativa
De joven trabajó como pastor y labrador. La narración hagiográfica destaca un rasgo particular: mientras conducía el ganado, encontraba tiempo para orar en lugares apartados, incluso al pie de un árbol donde había hecho una cruz.
Cuando pasó a servir como pastor y después como trabajador del campo para un terrateniente de Città Ducale, se cuenta que aprendió a meditar durante sus tareas y fue desarrollando un hábito interior: en Dios, en sí mismo y en las criaturas percibía una especie de «fondo» inagotable de pensamientos y afectos religiosos.
Uno de los testimonios más significativos es la respuesta atribuida a Félix a una pregunta sobre cómo podía mantenerse constantemente en presencia de Dios en medio del ajetreo. Él respondió, según la tradición recogida:
“Todas las criaturas terrenas pueden elevarnos a Dios, si sabemos mirarlas con un solo ojo.»
En esa «mirada» se reconoce un modo concreto de santidad: no depender únicamente de espacios «sagrados», sino convertir la vida ordinaria en lugar de encuentro con Dios, purificando la intención y volviendo el corazón a Él.
Fidelidad ante la injuria: humildad y serenidad
La biografía subraya que Félix era siempre alegre y siempre humilde, y que no resentía los insultos o injurias. Cuando alguien lo maltrataba o lo ofendía, se le atribuye que respondía:
“Ruego a Dios que llegues a ser santo.»
Esta manera de reaccionar —no para humillar al que hiere, sino para desearle el bien— muestra que su mansedumbre no era simple tolerancia, sino caridad sobrenatural.
Vocación, tentación del retiro y decisión
La tradición cuenta que, al escuchar un relato sobre los padres del desierto, Félix sintió atracción por la vida eremítica; sin embargo, decidió que podría ser un camino «peligroso» para él. Esa prudencia interior aparece como un discernimiento: no se trataba solo de «buscar lo más duro», sino de seguir lo que Dios pedía de modo concreto para su alma y su misión.