«Padre Maestro» en Lucera: profesor, formador y superior
Desde el año 1707 hasta su muerte en 1742, vivió de manera estable en Lucera, ejerciendo un ministerio pastoral que sus contemporáneos percibieron como signo luminoso del Evangelio. En el ámbito de su Orden asumió oficios con responsabilidad: fue lector de filosofía escolástica y, de modo especial, maestro de novicios y profesos, impulsando la formación espiritual y doctrinal de los hermanos.,
La causa refiere además que en 1709 obtuvo la licenciatura en teología y que, desde entonces, fue llamado con el apelativo de «Padre Maestro», título que se conserva como referencia afectuosa en la memoria local.,
Unión con Dios y estilo franciscano de caridad
La espiritualidad de Fasani aparece descrita como una configuración con el Señor a través de la vida consagrada y el carisma sacerdotal, vivida con ardor interior. Sus oraciones, inflamadas por el «ardor serafínico», incluían invocaciones a Dios como «sommo Amore, immenso Amore, eterno Amore, infinito Amore».
En la tradición de la biografía se afirma también una intuición esencial: quien quisiera ver en su vida «cómo aparecía san Francisco», debía contemplar el modo de vivir de «el Padre Maestro».
Devoción a la Inmaculada
Un rasgo frecuente en su perfil espiritual fue la devoción a la Inmaculada Madre del Señor. Se indica que su amor mariano se alimentaba de un esfuerzo constante por conocer mejor a María y darla a conocer, reconociendo su papel materno en la historia de la salvación.
Predicación centrada en el misterio pascual
La predicación de Fasani tuvo un centro bien definido: el anuncio del misterio pascual. En la homilía de san Juan Pablo II se subraya que el núcleo de su predicación fue el misterio de Cristo muerto y resucitado, y que esta proclamación no estuvo exenta de resistencias en un contexto cultural que ponía en cuestión la fe, especialmente cuando se debatía el papel de Dios como Redentor.
En coherencia con ello, su actividad homilética fue intensa: predicaba con frecuencia misiones al pueblo, ejercicios espirituales, tiempos cuaresmales y novenas en Lucera y donde era llamado. Sus sermones se describen como preparados y orientados a «extirpar vicios y pecados, plantar el bien y ejercitar la virtud».
Además, se presenta con claridad el criterio apostólico: su predicación exigente no buscaba «complacer a los hombres», sino obedecer a Dios. La homilía lo formula con la convicción apostólica: «bisogna obbedire a Dio piuttosto che agli uomini» (cf. Hch 5, 29).