La humildad como verdad ante Dios
La espiritualidad de Francisco de Borja giró en torno a la humildad, la oración, la obediencia, la penitencia y la devoción eucarística y mariana. Para él, la humildad no consistía en negar las capacidades recibidas, sino en reconocer que toda dignidad, inteligencia y autoridad proceden en último término de Dios.
Su vida ofrece una expresión histórica de la doctrina cristiana sobre la humildad: el valor de una persona no depende de su rango social, sino del amor con que cumple sus deberes. Francisco de Sales formuló posteriormente una idea convergente: Dios no juzga a sus servidores por la grandeza exterior del cargo, sino por la humildad y el amor con que lo desempeñan.
La humildad de Francisco adquirió un carácter especialmente radical después de su entrada en la Compañía. Había conocido los honores de la corte y el poder ducal; por eso quiso aprender a vivir como un religioso sujeto a la obediencia común. La tradición conserva su deseo de ocupar espiritualmente el último lugar, incluso cuando las multitudes acudían a escucharlo y las autoridades civiles y eclesiásticas lo trataban con veneración.,
Oración y vida interior
Francisco procuró mantener una vida de oración tanto durante su etapa cortesana como en sus años de gobierno religioso. Su experiencia demuestra que la contemplación no exige necesariamente abandonar las responsabilidades públicas. Como virrey, padre de familia y superior general, buscó integrar la oración con la administración, la predicación y el servicio.
La tradición espiritual considera la oración un diálogo interior con Dios y una elevación de la mente hacia Él. En ese marco, Francisco practicaba aspiraciones breves y meditaciones vinculadas a las realidades cotidianas. Incluso durante la caza encontraba imágenes que le ayudaban a examinar la docilidad humana ante la llamada divina: contemplaba cómo el halcón regresaba a la mano del cazador y lo relacionaba con la resistencia del ser humano a volver a Dios.,
Esta forma de oración no separaba artificialmente la vida espiritual de la experiencia ordinaria. La naturaleza, el trabajo, la enfermedad, el gobierno y las relaciones familiares podían convertirse en ocasiones para elevar el corazón a Dios. Francisco practicó así una espiritualidad apostólica en la que la contemplación alimentaba la acción y la acción reclamaba una continua purificación interior.
Eucaristía y devoción mariana
Durante su vida como laico, Francisco mostró una intensa devoción eucarística. La frecuencia de sus comuniones provocó comentarios en una época en la que algunos consideraban impropio que un laico comulgara con asiduidad. Su práctica anticipaba una comprensión más frecuente y consciente de la Eucaristía como centro de la vida cristiana.,
La devoción a la Virgen María también ocupó un lugar importante en su espiritualidad. La tradición de su vida lo presenta unido a la piedad mariana y a la confianza en la intercesión de la Madre de Dios. Esta devoción no sustituyó la centralidad de Cristo, sino que la orientó hacia Él, conforme a la espiritualidad católica de la época.
Penitencia y discernimiento
Francisco practicó austeridades y mortificaciones corporales después de su transformación espiritual. Con el tiempo reconoció que algunas de aquellas prácticas habían sido excesivas, especialmente antes de entrar en la Compañía. La obediencia religiosa moderó sus iniciativas personales y le enseñó que la penitencia cristiana necesita prudencia, dirección espiritual y conformidad con el estado de vida.
La tradición católica no presenta la mortificación como un fin independiente. Su valor depende de que conduzca a la conversión, al dominio de sí mismo, a la caridad y a la unión con Cristo. El ejemplo de Francisco permite distinguir entre una austeridad inspirada por el Evangelio y una búsqueda desordenada del sufrimiento.