Infancia y juventud
Gerardo Majella nació el 6 de abril de 1726 en Muro Lucano, una localidad situada a unos ochenta kilómetros al sur de Nápoles, en el Reino de Nápoles.1,3 Hijo de Dominico Majella, un humilde sastre, y Benedicta Galella, una mujer piadosa, creció en un hogar marcado por la pobreza pero impregnado de fe cristiana. Sus padres, conocidos por su integridad moral, educaron a sus hijos en el temor y amor a Dios, aunque Gerardo demostró desde la más tierna infancia una piedad innata que no requirió estímulos externos.3
Quedó huérfano de padre siendo niño, lo que obligó a su madre a aprendizarlo como sastre para ayudar en el sustento familiar. Su patrón lo apreciaba, pero el capataz lo trataba con crueldad. A pesar de las adversidades, Gerardo cultivó una profunda reverencia por el sacerdocio y un amor por el sufrimiento que lo imitaba al de Cristo. Posteriormente, sirvió en casa de un prelado de carácter exigente, experiencia que forjó su paciencia. Tras la muerte del obispo, regresó a su oficio de sastre, trabajando primero como jornalero y luego por cuenta propia. Destinaba sus escasos ingresos a su madre, a los pobres y a sufragios por las almas del purgatorio.1
Vocación religiosa
Gerardo intentó ingresar en los franciscanos y luego vivir como ermitaño, pero ambos proyectos fracasaron por su frágil salud. En 1749, se unió a la Congregación del Santísimo Redentor en Iliceto, atraído por la misión de evangelizar a los más pobres. Dos años después, en 1751, emitió profesión religiosa como hermano lego, añadiendo un voto privado por el cual se comprometía a elegir siempre lo más perfecto en sus acciones.1,4
San Alfonso de Ligorio, fundador de la congregación, lo consideró un milagro de obediencia. Gerardo no solo cumplía las órdenes de sus superiores cuando estaban presentes, sino que intuía y obedecía sus deseos aun a distancia.1
Vida en la congregación y muerte
A pesar de su debilidad física, realizaba el trabajo de tres hombres, ganándose el título de «Padre de los Pobres» por su inmensa caridad. Era modelo en todas las virtudes y sentía una atracción irresistible hacia el Santísimo Sacramento, debiendo refrenarse para no permanecer incesantemente en adoración.1
Acusado falsamente de un delito grave contra la pureza, soportó la calumnia con paciencia sobrehumana. San Alfonso exclamó: «El hermano Gerardo es un santo». Dotado de conocimiento infuso, éxtasis, profecía, discernimiento de espíritus, penetración de corazones, bilocación y poder sobre la naturaleza, enfermedades y demonios, convertía más almas en misiones que muchos predicadores.1
Predijo el día y la hora de su muerte, que ocurrió el 16 de octubre de 1755 en Caposele, a los 29 años. Durante su vida y tras ella, se le atribuyeron innumerables prodigios.1,5
