Una fuente primaria excepcional
La Epístola 22 de san Ambrosio, dirigida a su hermana Marcelina en el año 386, constituye la fuente primaria más importante para conocer el descubrimiento de las reliquias de Gervasio y Protasio. Ambrosio escribió el relato en un contexto inmediato a los acontecimientos y describió tanto la excavación como el traslado de los restos.,
Ambrosio explica que, después de dedicar una basílica, el pueblo le pidió una ceremonia solemne semejante a la celebrada en Roma. El obispo respondió que realizaría la consagración si encontraba reliquias de mártires. A continuación relata una experiencia interior que interpretó como una orientación providencial hacia el lugar donde descansaban los cuerpos.
El obispo ordenó excavar ante el presbiterio de la iglesia de los santos Félix y Nabor. Los trabajadores encontraron dos cuerpos de gran estatura, con los huesos íntegros y restos de sangre. Ambrosio identificó aquellos restos con Gervasio y Protasio, cuyos nombres -según su testimonio- algunos ancianos recordaban haber oído o leído en el pasado.,
La carta describe también la reacción pública. Durante dos días acudió una gran multitud. Los restos pasaron primero a la basílica de Santa Faustina y, al día siguiente, fueron trasladados a la basílica ambrosiana, que más tarde recibiría el nombre de Basílica de San Ambrosio.
Valor histórico de la carta
La Epístola 22 no ofrece una biografía de los mártires ni aporta una fecha segura para su muerte. Su valor reside en documentar directamente la invención de las reliquias, término tradicional que designa el hallazgo o descubrimiento de restos sagrados, y la expansión pública de su culto en Milán.
Ambrosio presenta la recuperación de los cuerpos como una manifestación providencial en un momento de conflicto entre la fe católica y el arrianismo, defendido en Milán por la emperatriz Justina. El descubrimiento fortaleció la identidad católica de la ciudad y proporcionó a la comunidad un lugar de culto vinculado a mártires locales.,
La carta relata también curaciones y liberaciones atribuidas al contacto con las reliquias. Entre ellas figura la curación de un hombre ciego durante la procesión de traslado. San Agustín, todavía no bautizado en aquel momento, presenció parte de los acontecimientos y los recordó posteriormente en sus escritos.,,