Llegada del padre Pío
Francesco Forgione nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, en la archidiócesis de Benevento. A los dieciséis años ingresó en el noviciado de los Capuchinos de Morcone, donde recibió el nombre religioso de fray Pío. Emitió la profesión solemne en 1907 y recibió la ordenación sacerdotal en Benevento el 10 de agosto de 1910.,
Después de la ordenación permaneció durante un tiempo con su familia por motivos de salud. En septiembre de 1916, los superiores lo destinaron al convento capuchino de San Giovanni Rotondo. El fraile permaneció allí hasta su muerte, salvo algunos desplazamientos breves relacionados con su ministerio y con su estado de salud.,
La localidad se convirtió así en el escenario principal de su vida sacerdotal. Durante más de cincuenta años, innumerables personas acudieron al convento para confesarse, recibir dirección espiritual, participar en la misa y pedir consejo en situaciones de sufrimiento físico o moral.
Un ministerio centrado en la Eucaristía y la reconciliación
El ministerio del padre Pío en San Giovanni Rotondo tuvo tres pilares: la celebración de la Eucaristía, el sacramento de la Penitencia y la dirección espiritual. La Santa Sede presenta la misa como el momento culminante de su actividad apostólica, porque en ella vivía con especial intensidad su unión con Cristo crucificado y resucitado.,
El confesionario ocupó también un lugar central. El santo dedicaba largas horas a escuchar a los penitentes y a orientarlos hacia la conversión. Su fama atrajo a personas de Italia y de otros países, muchas de ellas cargadas con problemas familiares, enfermedades, dudas religiosas o remordimientos de conciencia.
Juan Pablo II relacionó el ministerio del padre Pío con el del santo cura de Ars. Ambos sacerdotes mostraron una preocupación constante por acercar a los pecadores a la misericordia de Dios mediante la confesión y la renovación de la vida cristiana.
La espiritualidad de la cruz
La espiritualidad del padre Pío tuvo como centro la cruz de Jesucristo. El santo entendía su sufrimiento, su oración y su trabajo sacerdotal como una participación humilde en la pasión de Cristo. La Santa Sede presentó esta configuración con Cristo crucificado como el núcleo de su vida y de su apostolado.,
Su vida estuvo marcada por intensos sufrimientos físicos y espirituales, así como por los estigmas, las llagas que la tradición cristiana relaciona con las heridas de la pasión del Señor. La Iglesia examinó estos fenómenos dentro del proceso de beatificación y canonización, sin reducir por ello la santidad del religioso a sus dones extraordinarios.
Juan Pablo II insistió en que la grandeza del padre Pío no podía explicarse solo por los fenómenos extraordinarios asociados a su vida. Ante todo, lo presentó como un religioso profundamente enamorado de Cristo crucificado, fiel a la Iglesia, dedicado a la oración y entregado al ministerio sacerdotal.