Al regresar a Palestina, Hilarión descubrió que sus padres habían fallecido. Distribuyó su herencia entre sus hermanos y los pobres, sin reservarse nada para sí mismo,. Luego se retiró a una pequeña cabaña en el desierto de Majuma, cerca de Gaza, donde comenzó una vida de ermitaño, emulando el rigor ascético de San Antonio,.
Austeridades y estilo de vida
La vida de Hilarión en el desierto fue de extrema austeridad. Su vestimenta consistía en un cilicio, una túnica de cuero que le había dado San Antonio, y una capa corta de pastor,. Nunca cambiaba su túnica hasta que se desgastaba y nunca lavaba el cilicio una vez puesto, afirmando que «es inútil buscar la limpieza en un cilicio».
Su ayuno era riguroso; durante años, su alimento se limitaba a quince higos al día, que no comía hasta después del atardecer. Cuando sentía tentaciones de la carne, se decía a sí mismo: «Veré, asno, que no cocees», y entonces reducía aún más su escasa comida. Su ocupación principal era cultivar la tierra y, siguiendo el ejemplo de los monjes egipcios, fabricar cestas para proveerse de lo necesario.
Inicialmente, no tenía más refugio que una pequeña enramada hecha de cañas tejidas. Más tarde, construyó una celda que, en tiempos de San Jerónimo, todavía se podía ver. Era de solo cuatro pies de ancho, cinco de alto y un poco más larga que su cuerpo, más parecida a una tumba que a una casa,. Con el tiempo, se dio cuenta de que los higos solos no eran suficientes para mantener la vida y se permitió comer también verduras, pan y aceite, aunque la edad avanzada no disminuyó sus austeridades.
Milagros y fama
Después de veinte años en el desierto, Hilarión realizó su primer milagro. Una mujer estéril de Eleuterópolis, desesperada por no tener hijos, le rogó que rezara por ella, y antes de que terminara el año, dio a luz un hijo. Su fama creció debido a las curaciones milagrosas y los exorcismos que realizaba,. Se le atribuye haber ayudado a un ciudadano de Majuma, llamado Itálico, a ganar una carrera de carros contra un adversario que se creía que usaba hechizos, lo que llevó a la gente a exclamar que el dios del adversario había sido vencido por Cristo.
La noticia de sus milagros se extendió por Siria y Egipto, atrayendo a multitudes de personas, muchas de las cuales se convirtieron al cristianismo y se hicieron monjes. En ese momento, no existían monasterios en Palestina, ni se conocía a ningún monje en Siria antes de San Hilarión. Fue él quien originó este modo de vida y devoción y quien primero formó a hombres en esta provincia.