Hipólito fue un presbítero de la Iglesia de Roma a principios del siglo III1. Se ha sugerido que pudo haber sido discípulo de San Ireneo, ya sea en Roma o en Lyon1,2. También se menciona que Orígenes pudo haber asistido a una homilía de Hipólito alrededor del año 212 en Roma1. San Jerónimo lo describió como un hombre «santísimo y elocuente»2.
Durante el pontificado del Papa Ceferino (198-217), Hipólito entró en conflicto con el pontífice y con la mayoría de la Iglesia de Roma1. Estas controversias se debieron principalmente a sus opiniones cristológicas. Hipólito había combatido herejías como las de Teodoción y los Alogos, y de manera similar se opuso a las doctrinas de Noeto, Epígono, Cleómenes y Sabelio, quienes enfatizaban la unidad de Dios de forma unilateral (Monarquianismo) y veían en los conceptos de las Personas divinas una simple modalidad1.
Acusó al Papa Calixto I, sucesor de Ceferino, de haber caído en la herejía de Teodoción y luego en la de Sabelio, y de haber relajado la disciplina eclesiástica, especialmente la penitencial, por avaricia1,2. Hipólito mismo defendía un rigorismo excesivo1. Esta oposición lo llevó a establecerse como antipapa durante los pontificados de los sucesores inmediatos de Calixto: Urbano (222/223-230) y Ponciano (230-235)1,2.
Exilio y Reconciliación
En el año 235, durante la persecución del emperador Maximino, Hipólito fue desterrado a la inhóspita isla de Cerdeña junto con el Papa Ponciano1,2. Fue en este período, poco antes o poco después de su destierro, que se reconcilió con el obispo legítimo y la Iglesia de Roma1,3.
Tanto Ponciano como Hipólito murieron en Cerdeña, y sus restos mortales fueron trasladados a Roma el mismo día, 13 de agosto (posiblemente en el año 236 o en uno de los años siguientes)1. Ponciano fue sepultado en la cripta papal de la catacumba de Calixto, y Hipólito en un lugar de la Vía Tiburtina1,2. Ambos fueron igualmente venerados como mártires por la Iglesia romana, lo que es una prueba de que Hipólito había hecho las paces con la Iglesia antes de su muerte1. Con su muerte, el cisma llegó a un rápido fin1.

