Hugo ocupó la sede episcopal de Grenoble desde 1080 hasta su muerte, en 1132. Su episcopado coincidió con un periodo de reforma eclesiástica asociado a san Gregorio VII, que impulsó cambios en la vida del clero y en la disciplina de la Iglesia. La diócesis atravesaba dificultades graves: abundaban la simonía -la compra o venta de bienes espirituales y cargos eclesiásticos- y la usura; parte del clero incumplía la obligación del celibato; muchos fieles carecían de formación religiosa; y algunos laicos se habían apoderado de propiedades de la Iglesia. La sede, además, disponía de pocos recursos.1,3
Hugo se dedicó a corregir esos problemas mediante la predicación, la denuncia de los abusos, la oración y una vida austera. Su tarea pastoral exigía tanto instruir a la población como afrontar la resistencia de quienes se beneficiaban de las irregularidades. La biografía de Alban Butler describe buenos resultados entre los clérigos y el pueblo, mientras que los nobles mantuvieron su oposición. La enciclopedia católica del siglo XX también lo recuerda por su celo en la aplicación de las medidas reformadoras promovidas por Gregorio VII.1,3
El obispo, sin embargo, no interpretaba el fruto de su labor con satisfacción personal. A pesar de los progresos, se consideraba incapaz de cumplir adecuadamente su misión y llegó a retirarse a la abadía benedictina de Chaise-Dieu. El papa Gregorio VII le ordenó regresar a Grenoble y reanudar el gobierno pastoral. Hugo obedeció y continuó en el cargo, aunque en distintas ocasiones pidió a los papas que lo liberaran de sus responsabilidades. Honorio II rechazó una de esas peticiones y prefirió conservarlo como obispo, pese a su edad y sus enfermedades.1





