Convocatoria y finalidad
Aconsejado por Ignacio, Adriano II convocó, el 5 de octubre de 869, el VIII Concilio Ecuménico (conocido también como el Concilio de Constantinopla).
Las fuentes indican que todos los participantes debían firmar un documento que aprobaba la acción papal respecto a Ignacio y Focio.
Confirmación de actos contra Focio
En la explicación del Cuarto Concilio de Constantinopla se afirma que las disposiciones de Nicolás I y Adriano II contra Focio y en favor de Ignacio fueron leídas y confirmadas; se menciona también que los clérigos fotianos fueron depuestos y que quienes habían sido ordenados por Focio fueron reducidos a condición de laicos (según el régimen canónico descrito por la fuente).
En este marco, el concilio también emitió una enseñanza y se dirigió al papa solicitando confirmación de los actos.
Un documento eclesial con tono polémico
Entre los materiales del concilio, el texto de introducción conservado describe con lenguaje vehemente la expulsión de «el patriarca Ignacio» y el «intruso» Focio, presentando a Nicolás I como un «piedra angular» frente a la oposición organizada.
Aunque el estilo es claramente polémico, su función fue mostrar que el proceso conciliar se entendía como una defensa de la verdad y del derecho eclesial frente a la manipulación de la sede patriarcal.
Una cuestión geopolítica en el horizonte eclesial: Bulgaria
Las fuentes también destacan que, una vez restaurado Ignacio, en el ámbito de la organización eclesiástica se tomó una decisión concreta sobre Bulgaria: se consigna que Ignacio, por razones políticas, terminó alineándose con otros patriarcas orientales en una cuestión considerada por la fuente como «injusticia» respecto a la jurisdicción. El relato afirma que desde Roma se consideraba que aquellos territorios eran parte del antiguo ámbito correspondiente al patriarcado romano.
La Enciclopedia Católica afirma además que, como consecuencia, se llevaron misioneros griegos, y que los obispos y sacerdotes latinos debieron retirarse.