La transmisión de la figura de san Itamar presenta una tensión conocida en la hagiografía medieval: conviven un núcleo histórico y elementos legendarios o elaborados.
Tradición martirial y relatos de conversión
Alban Butler recoge una versión que sitúa a Itamar tras una especie de retiro: el obispo deja su encargo y se retira a una propiedad en las colinas de Sābina, cerca de Tívoli, donde vive con un pequeño grupo de cristianos, enseña y los sostiene. Un visitante imperial, Cerealis, llega con intención de arrestarlo; el relato insiste en que Cerealis termina atraído por conversaciones y gestos de fe con otros cristianos (Getulius y Amantius). El emperador ordena la captura y condena: los personajes sufren prisión y finalmente mueren con torturas, con ejecución en el entorno del camino Via Salaria.
Este tipo de narración no funciona solo como «biografía»; opera como catequesis: presenta un itinerario de testimonio, fidelidad y conversión que alimenta la devoción del pueblo. El episodio además conecta la santidad con la fortaleza en la persecución: el cristiano no retrocede ante la violencia y mantiene la coherencia entre fe y conducta.
Relato histórico sobrio: Rochester, Canterbury y el año de su muerte
Butler contrapone esa línea legendaria con otra corriente más sobria: el obispo se conoce principalmente por la obra de Beda, que describe a Itamar con pocos datos, pero insiste en su valor como pastor. El relato sitúa su muerte hacia el año siguiente a su consecración, y afirma la existencia de veneración litúrgica: se erigen iglesias en su honor y sus reliquias reciben culto, con especial referencia a su custodia hacia el año 1100.
Esta convergencia entre «poca información» y «gran recuerdo» encaja con un patrón clásico del culto a los santos: incluso cuando los datos objetivos no abundan, el pueblo cristiano conserva la memoria de un intercesor mediante iglesias, reliquias y testimonios de gracias recibidas.